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Lo que incomoda no es la protesta, es la verdad

Lizbeth Bravo

Cada año, después del 8 de marzo, vuelve la misma pregunta ¿qué sigue para las mujeres?
La respuesta es incómoda porque desmonta la idea de que el feminismo es un fenómeno de un día. El 8M no es un evento simbólico ni una fecha conmemorativa más, es el recordatorio de una crisis estructural que sigue atravesando a México y al mundo.

Las cifras oficiales son contundentes. De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), en 2025 fueron asesinadas en promedio 7 mujeres cada día, mientras 34 mujeres desaparecieron diariamente en el país.

El problema no es únicamente la violencia, sino la forma en que se registra y se investiga. Diversos análisis advierten que solo entre el 25% y el 27% de las muertes violentas de mujeres comienzan investigándose como feminicidio, lo que significa que la mayoría de los casos se clasifican inicialmente como homicidios comunes, diluyendo el componente de violencia de género.

Las cifras reflejan una violencia persistente. Entre 2021 y 2025, México ha mantenido promedios cercanos a entre 7 y 10 asesinatos de mujeres al día, según los registros del propio secretariado.

Aun así, en el debate público suele haber una indignación selectiva. Cada 8 de marzo, parte de la conversación nacional se centra más en las pintas en monumentos o edificios públicos que en los datos que las motivan. La paradoja es evidente: un muro rayado provoca más debate que una mujer asesinada.

Las protestas feministas forman parte de lo que la teoría de los movimientos sociales denomina repertorio de acción colectiva, formas de protesta que buscan romper la normalización de problemas que las instituciones no han logrado resolver. Cuando las vías institucionales fallan, cuando las denuncias no avanzan, cuando los casos no se investigan, cuando la justicia no llega,  la protesta se convierte en un lenguaje político.

Por eso las marchas incomodan.

El feminismo incomoda porque cuestiona una estructura histórica de desigualdad. Incomoda porque obliga a reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino un problema sistémico, ocurre en los hogares, en el espacio público, en los centros de trabajo y en las instituciones.

También incomoda porque rompe una narrativa profundamente arraigada: la idea de que México es una sociedad que ya avanzó lo suficiente en igualdad.

Los datos sugieren lo contrario. Según registros oficiales, en el país se cometen cientos de delitos contra mujeres cada hora, que van desde violencia familiar hasta agresiones sexuales y feminicidio.  En ese contexto, exigir justicia no es una consigna radical, es una necesidad democrática.

El problema  no es que las mujeres protestemos, sino que seguimos teniendo motivos para hacerlo. Después del 8M, lo que sigue no es el silencio ni la normalidad.
Lo que sigue es insistir. Insistir en nombrar a las que faltan. Insistir en que las estadísticas no se conviertan en rutina. Insistir en que la justicia deje de ser la excepción.

Porque mientras haya mujeres asesinadas todos los días, la incomodidad social no debería dirigirse hacia la protesta. Debería dirigirse hacia la violencia que la provoca.

 

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