Enrique MARTÍN BRICEÑO
La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado.
Jorge Luis Borges
“¡Ahí viene la lluvia!” Así: la primera palabra pronunciada en un solo golpe de voz, acaso por la convergencia entre el adverbio castellano ahí y la partícula maya je’, que indica futuro asegurativo: “Je’ ku taal le cháako’!” Es la expresión usual en Yucatán cuando sopla el viento de agua, el jaats’aja’, y hay que cerrar ventanas y meter a los chiquitos a la casa para que no los bata el aire. Se dice también “Ahí viene la santa lluvia”, añadiendo un adjetivo que revela la raíz indígena de la frase, pues para los mayas, como para tantos pueblos originarios, la lluvia es santa, como el maíz que hace germinar, crecer y dar fruto —“santo gracia” le llaman—.
Lluvia. Eso son justamente los textos de Elena Martínez Bolio reunidos en este libro. Una amable lluvia que baña, refresca, limpia el alma y hace brotar recuerdos, emociones y hasta una que otra lágrima —como que muchos fueron concebidos desde ese estado de ánimo que en la península llamamos chíichnak—. Y como la lluvia cuando cae y se filtra a través de la laja para alimentar a los cenotes, las palabras de Elena se meten hasta lo más hondo y aun llegan a tocar esos abismos interiores a los que rara vez nos asomamos.

Por un momento, la artista visual que eligió el bordado como su principal medio de expresión deja la aguja y el hilo para tomar la pluma o el teclado y tejer —recuérdese que texto proviene de textus, ‘trama’, ‘tejido’— episodios de su vida, anécdotas, retratos, vivencias, reflexiones… Los protagonistas son casi siempre seres cercanos a ella: su abuelo, padres, hermanos, hijos, amigas, animales y, por supuesto, la propia autora, cuyo rostro se insinúa en cada línea, se trate del perrero del parque de la colonia México o del dzan cebolla de Chumayel. Sus temas recurrentes: el amor filial, la recuperación del pasado, la Mérida de los años cincuenta y sesenta, el puerto seguro de la familia, el idioma materno, el amor, la vejez, la muerte.
A quienes conocen la obra plástica de Elena Martínez Bolio les sorprenderá saber que la artista posee su violín de Ingres. Un violín que no toca nada mal, y en cuyas notas advertimos a veces las puntadas de la bordadora: en su juventud, “el mundo a ratos me apretaba como vestido mal cortado”; la lengua materna es “el hilo conductor que nos lleva de vuelta a la madeja”; “las cicatrices, las operaciones, las enfermedades son costuras de lo vivido”, y la tristeza de una amiga se le impregna “como una camisa apretada que me impedía respirar”.

Y es que las palabras representan para Elena Martínez Bolio mucho más que otro medio de expresión. El español yucateco, con sus voces mayas, mayismos y caribeñismos y sus giros sintácticos calcados de la lengua autóctona, es uno de sus temas preferidos. Elena percibe, con razón, que la acelerada pérdida de ese dialecto conlleva la desaparición del mundo de su infancia y adolescencia, ese mundo en el que el xiik’ y el tuuch eran xiik’ y tuuch, a los nenés se les daba de comer plátano yaach’ y las telas —y otras cosas— podían ser atabacadas, azul pavo, color huayita o color mamey…
Por eso, Elena Martínez Bolio, en su advocación de escritora, tiene como propósito principal nombrar a las personas, las palabras y las cosas para que permanezcan. Por eso Elena ha querido, en primer término, convocar en estas páginas a los ausentes, desde su abuelo Pepe hasta su gato Cacho, desde su padre José hasta el doctor Mejía “El adivino”, desde el maestro Emilio Vera hasta Luis Eduardo Aute. Ha armado así una gran tertulia familiar a la que, generosa, nos invita, y a la que nos unimos con gusto, como si, tras uno de esos aguaceros que en el verano humedecen las tardes meridanas, sacáramos una silla a la escarpa —una escarpa del rumbo del Chembech— para tomar el fresco y conversar.









