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Jennifer JIMÉNEZ*

GUADALAJARA, JAL.- Sentada en mi sillón reclinable, mientras miro a través de mi ventana con música de meditación (así la llama mi hija) de fondo, las luces navideñas parpadeantes que adornan el balcón de mi vecina de enfrente me hipnotizan. Escucho las voces, gritos y risas de pequeñas criaturas que alegran la calle a media penumbra; mismas que, con un balón, unos gises o unos carritos, pueden experimentar la plenitud. Su imaginación es tan inagotable que no necesitan más que eso para crear mil y un escenarios y jugar con lo que tienen cerca.

Ellos no tienen miedo de fracasar en sus juegos. No tienen miedo de probar y que no salga. No tienen miedo de que alguno de sus juguetes se descomponga. No. Ellos solo se limitan a disfrutar y explotar su momento al máximo, sin entregarse al temor. Ni siquiera le han dado un lugar en su escenario. Su única finalidad es divertirse, provocarse risas, descubrir.
Pero ¿nosotros? ¿Qué ha pasado con nosotros? ¿Qué ha pasado que, en esta vida adulta, decidimos entregar el timón al miedo? ¿En qué momento creímos que sería buena idea?

Hemos permitido que el temor doblegue nuestras ilusiones. Preferimos pagar la deuda y las facturas que nos cobra día a día, alejándonos de nuestros propios juegos, de esa vida excitante, plena y risueña que nos merecemos. Ha empezado el año y los miedos nos han alcanzado junto con él. ¿Por qué huimos tanto? Porque se nos ha enseñado que perder, fracasar o no conseguir lo que deseamos es malo, es sinónimo de sufrimiento. Se nos dice que solo triunfamos cuando pasa exactamente lo que queremos que pase. Nos han privado de la espontaneidad y del chiste que es la vida.

Nos dijeron que la vida era tan en serio que no era posible reírse de ella; que el miedo era el cáliz de la existencia y no la experiencia misma. Se confundió madurar con entristecerse, con apagarse. De pronto, todo empezó a provocarnos temor. La solución que se nos ofreció fue: “Evita las situaciones que te pongan en peligro de sentir desilusión, frustración o dolor”. Pero la ironía es que vivir provoca todo esto. Cualquier cosa que nos propongamos tiene la posibilidad de terminar en cualquiera de estos desenlaces.

Al igual que nosotros, los niños están expuestos a que se les rompa un juguete y se frustren, a que se caigan y sientan dolor, a que se desilusionen por una idea fallida. La diferencia es que ellos se reponen y continúan; no se quedan anclados. De hecho, vuelven a hacer las cosas que antes les provocaron algo de esto. Es ahí donde entra a escena el famoso “No entendiste, ¿verdad?” de los padres. Y es así como vamos perfilándolos a rendirle cuentas más al temor que a la ganancia que podrían obtener de seguir intentándolo. Hasta que, en su madurez, ponen en marcha los programas que se les enseñaron: evitar o evadir cualquier circunstancia de sufrimiento, aun cuando puedan estar dejando ir una buena oportunidad.

¿Estamos perdidos? No. Basta con aprender de los más chicos: ellos son la mejor maestría para enseñarnos a vivir con plenitud, a actuar aun cuando el miedo aparezca. No se trata de encontrar la fórmula para no sentir miedo; se trata de que, aun con él, elijamos vivir y experimentar. Si vas a ser esclavo del temor, ¿por qué mejor no comienzas a ser esclavo de lo intrépido? Cambia el escenario: no evites el terror. Mejor aprende a gestionarlo, a verlo a la cara y hacerte su amigo, a permitir que te acompañe sabiendo que eres tú quien toma el mando.

Date un segundo en silencio para reflexionar lo siguiente: cuando te frenas a tomar la decisión de hacer algo por miedo a experimentar el fracaso o la pérdida, en ese momento ya estás experimentando esa ausencia de la que ilusoriamente huyes. Esa falta ya está ahí, ¡ya está siendo! ¿Qué paradójico, no?

Caer en esta trampa es lo que diferencia al humano estúpido del humano lúcido. Inicia tu año con la magia del atrevimiento, permítete vivir, porque a eso viniste, lo demás son adornos, son expectativas, son sueños, son metas, son deseos, pero el verdadero propósito es vivir.

 

*Escritora e instructora de meditación. Apasionada por los temas espirituales y de superación personal. He tomado diferentes estudios, diplomados y cursos que me han llevado a conocer y compartir lo que aprendo y experimento sobre el poder de nuestra mente y espíritu.

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