Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR
- Un niño indefenso, nacido en la extrema pobreza, se convierte en signo de una verdad que no se impone por la fuerza, sino que se ofrece a la comprensión libre, a través de la inteligencia para entenderlo y aceptarlo con una gran carga de humildad.
- * Desde esta perspectiva, la inteligencia que despierta la Natividad es una inteligencia del sentido. Invita a discernir qué es verdaderamente valioso, a cuestionar las falsas seguridades del poder y del éxito, y a reconocer que la grandeza humana puede manifestarse en lo pequeño.
En tiempos de crisis, desencanto, caos por división y enfrentamiento, la Natividad de Jesús recuerda que la renovación auténtica no proviene de la imposición ni del miedo, sino de la inteligencia que busca la verdad, de la humildad que abre al encuentro y del perdón que sana.
Así entendida, la Natividad de Jesús que nos recuerda su nacimiento como ser humano como nosotros, se revela como un acontecimiento profundamente humano: una esperanza de nacimiento y renacimiento que sigue interpelando a la conciencia y al corazón del mundo.

La Natividad de Jesús ha sido contemplada durante siglos como un acontecimiento fundacional de la fe cristiana. Sin embargo, su trascendencia humana desborda el marco estrictamente religioso para convertirse en una invitación universal al nacimiento y al renacimiento interior.
Más allá de dogmas y credos, el relato del pesebre propone una visión profundamente humana del sentido de la vida: la inteligencia que busca comprender, la humildad que reconoce sus límites y el perdón que restituye la dignidad de las relaciones.
En este horizonte, la Natividad no es solo memoria de un hecho pasado, sino posibilidad siempre actual de recomenzar. El nacimiento como acto de inteligencia. La inteligencia humana no se reduce a la acumulación de conocimientos; es, ante todo, la capacidad de leer la realidad con profundidad y de orientar la vida hacia el bien.
La Natividad presenta un mensaje paradójico: lo decisivo acontece en la fragilidad. Un niño indefenso, nacido en la extrema pobreza, se convierte en signo de una verdad que no se impone por la fuerza, sino que se ofrece a la comprensión libre, a través de la inteligencia para entenderlo y aceptarlo con una gran carga de humildad.
Desde esta perspectiva, la inteligencia que despierta la Natividad es una inteligencia del sentido. Invita a discernir qué es verdaderamente valioso, a cuestionar las falsas seguridades del poder y del éxito, y a reconocer que la grandeza humana puede manifestarse en lo pequeño.
Renacer intelectualmente implica aprender a mirar de nuevo, a pensar con hondura y a dejar que la razón se abra a la sabiduría del corazón. La humildad como cuna de lo nuevo. El relato del nacimiento de Jesús está atravesado por la humildad: un establo como lugar de llegada, padres sin privilegios, testigos anónimos como los pastores.
Esta humildad, de ninguna manera, es humillación ni negación de la dignidad humana, sino su afirmación más auténtica. Reconocer la propia pequeñez no disminuye al ser humano; lo libera de la ilusión de autosuficiencia que generalmente lleva a la soberbia al creer que no necesitamos de nadie.
La Natividad de Jesús propone la humildad como condición para el renacimiento personal, social y nacional. Solo quien acepta sus límites puede abrirse al otro, aprender, cambiar y crecer.
En un mundo marcado por la competencia y la autoexaltación, el pesebre recuerda que lo nuevo nace cuando el ego cede espacio a la comunión. Humildad es, en este sentido, la tierra fértil donde germina una humanidad reconciliada consigo misma, lo que permite su madurez y crecimiento.
El perdón como posibilidad de renacer. Si el nacimiento inaugura la vida, el perdón la renueva. La Natividad anuncia una lógica distinta a la del resentimiento y la venganza: Dios —o, en clave humana, el amor radical— no irrumpe para condenar, sino para reconciliar.
Este mensaje tiene una profunda resonancia antropológica: el ser humano no está condenado a quedar atrapado en sus errores, por el contrario, estos se convierten en la hoja de ruta para confirmar o rectificar el proyecto de vida definido por cada persona.
El perdón, entendido como decisión consciente y libre, permite romper los círculos de violencia interior y exterior. Perdonar no es olvidar ni justificar el daño, sino afirmar que el mal no tiene la última palabra.
En este sentido, cada gesto de perdón es un acto de renacimiento: devuelve la posibilidad de futuro tanto a quien perdona como a quien es perdonado. La Natividad se convierte así en símbolo de una humanidad que puede recomenzar incluso en medio de sus heridas.
Una oportunidad siempre actual. La trascendencia humana de la Natividad radica en su permanente actualidad. No se trata únicamente de celebrar un nacimiento histórico, sino de acoger una invitación constante a nacer de nuevo: a pensar mejor, a vivir con mayor humildad y a amar con capacidad de perdón.
Cada persona, cada comunidad y cada época están llamadas a recrear el sentido del pesebre en sus propias circunstancias, y a convertirse en su propio agente de cambio social, económico y político. Gracias a todos por su amistad y amor. Feliz Navidad al lado de sus familias.
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