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LA MEMORIA DEL TIEMPO QUE SE CELEBRA

Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, innovación y tecnología con enfoque humano.

“La memoria no está en lo que fue, sino en lo que aún se practica.”

LA NAVIDAD COMO ARQUEOLOGÍA VIVA

GUADALAJARA, Jalisco.- La Navidad, en muchas regiones de México, no es una fecha: es una forma de habitar el tiempo.
No se anuncia con luces espectaculares ni se reduce a un intercambio de objetos. Se manifiesta en prácticas que vienen de lejos y que, sin proponérselo, siguen organizando la vida comunitaria.

En el occidente del país, como en Jalisco, y en el sur, como en Oaxaca, la Navidad funciona como una arqueología viva: no excavamos ruinas del pasado, sino que leemos las capas de historia que permanecen activas en el presente.

OAXACA: LA NAVIDAD QUE SE CAMINA Y SE COMPARTE

En Oaxaca, la Navidad se vive hacia afuera.
Las posadas no son solo reuniones privadas, sino recorridos colectivos. Se camina con velas, se canta en comunidad, se pide posada como acto simbólico que recuerda la hospitalidad como valor central. La calle sigue siendo espacio ritual.

Las calendas —con música, monos de cartón, marmotas y fuegos— no son espectáculos para observar, sino celebraciones donde el cuerpo participa. La fiesta no se contempla: se atraviesa.

La preparación de los alimentos —el chocolate espeso, los tamales envueltos con cuidado, el atole compartido— es parte esencial del rito. Cocinar juntos es una forma de memoria ancestral: repetir gestos aprendidos sin manual, transmitidos por la práctica.

Aquí la Navidad conserva una raíz profunda: la idea de comunidad como cuerpo colectivo. Nadie celebra solo. Incluso quien llega de fuera es integrado al ritmo común. La tradición no se explica: se vive.

JALISCO: LA NAVIDAD QUE SE REÚNE Y SE NOMBRA

En Jalisco, la Navidad se vive más hacia adentro, pero no por ello menos comunitaria. Las posadas siguen presentes, pero la reunión familiar cobra un peso central. Las casas se abren, las mesas se alargan, las generaciones se sientan juntas.

El nacimiento —hecho de barro, madera, papel o figuras heredadas— ocupa un lugar simbólico importante. Montarlo no es un acto decorativo, sino narrativo: cada pieza tiene una historia, cada figura un origen. El pasado se acomoda en el presente con cuidado.

La música —villancicos, cantos tradicionales, rezos compartidos— sigue marcando el tiempo. No importa si se mezcla con sonidos contemporáneos: lo esencial es el acto de nombrar juntos lo que se celebra.

Aquí la Navidad conserva la idea de hogar ampliado: la familia como primera comunidad, la mesa como espacio de reconciliación y memoria.

LO QUE PERMANECE DEL PASADO EN EL PRESENTE

En Oaxaca y en Jalisco, lo que permanece no es la forma exacta del rito, sino su sentido profundo. Cambian los objetos, se mezclan lenguajes, aparecen nuevas tecnologías. Pero persiste algo esencial: la necesidad de marcar el tiempo con sentido compartido.

La Navidad sigue siendo un momento donde el tiempo se desacelera, donde se reconoce al otro, donde la palabra tiene peso. En un siglo XXI acelerado y fragmentado, estas prácticas actúan como anclas culturales.

No son resistencia al cambio; son memoria en movimiento.

PARA QUÉ MIRAR ESTAS NAVIDADES HOY

Mirar cómo se vive la Navidad en nuestras comunidades no es un ejercicio nostálgico. Es una lección contemporánea. Nos recuerda que la cultura no se conserva en museos, sino en prácticas que siguen ordenando la vida.

Estas celebraciones nos enseñan que la innovación no está reñida con la raíz, y que el futuro cultural de México no se construye borrando el pasado, sino dialogando con él.

CONCLUYENDO

La Navidad, cuando se vive en comunidad, no guarda el tiempo:
lo vuelve habitable.

Es palabra que se camina en Oaxaca,
mesa que se comparte en Jalisco,
memoria que sigue latiendo en México.

Una arqueología viva del presente que nos recuerda que, mientras sepamos reunirnos, la cultura seguirá teniendo futuro.

La Navidad vivida en comunidad no es una costumbre del pasado:
es una decisión cultural del presente.

México demuestra que su cultura no está en riesgo:
está viva.

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