La incongruencia como forma de gobierno
Víctor Manuel Aguilar Gutiérrez @aguilargvictorm
En Oaxaca, la política atraviesa uno de sus momentos más delicados no por falta de discurso, sino por exceso de contradicciones. Mientras la ciudadanía intenta sostener su vida cotidiana —entre servicios deficientes, inseguridad, falta de oportunidades, altos costos en impuestos municipales y un desgaste social acumulado—, el poder público parece atrapado en una dinámica de división, ajustes de cuentas y prácticas que contradicen abiertamente la promesa de transformación que dio origen a la Cuarta Transformación.
A nivel estatal, la revocación de mandato se ha convertido en uno de los episodios más costosos para la 4T. Lo que se presentó como un ejercicio de democracia participativa terminó envuelto en confrontación política, desgaste institucional y confusión ciudadana. Para amplios sectores de la población, la revocación no fortaleció la confianza en las instituciones, sino que dejó la impresión de haber sido utilizada como herramienta de control y confrontación interna. El costo no fue solo político: fue simbólico, porque erosionó la credibilidad de un proyecto que prometía gobernar distinto.
Las secuelas de ese proceso hoy son visibles en la profunda división del cabildo municipal. El conflicto parece un ajuste de cuentas de dos bandos tras la revocación. El cabildo no discute cómo resolver los problemas de la ciudad, sino cómo reposicionarse en una disputa de poder que ha paralizado decisiones fundamentales. En medio de ese choque, la ciudad queda detenida y la ciudadanía, una vez más, relegada al papel de espectadora.
Este clima de incongruencia se agrava con las acusaciones de nepotismo y de corrupción en el gobierno estatal que han salpicado a secretarías, como la SEFADER. Cada señalamiento no aclarado golpea directamente uno de los ejes discursivos centrales de la 4T: el combate a las viejas prácticas. El silencio institucional o las repuestas simplistas, no solo debilitan al gobierno, sino que profundizan el desencanto ciudadano. En un estado con profundas carencias, la corrupción es una traición directa a la confianza pública.
El deterioro no se limita al ámbito local o estatal. En el plano judicial, los recientes escándalos en la Suprema Corte de Justicia de la Nación han dejado imágenes difíciles de justificar en cualquier narrativa de transformación. Las camionetas de lujo, los privilegios y la escena del ministro presidente siendo atendido de manera servil con la limpieza de sus zapatos se convirtieron en símbolos de un poder desconectado de la realidad social. Para millones de personas que viven con austeridad forzada, estas escenas indignan no solo por el exceso, sino por la incongruencia.
A nivel nacional, la detención del alcalde de Tequila, Jalisco, sumada a otros escándalos recientes —funcionarios señalados por actos de corrupción, decisiones opacas, vínculos indebidos y un uso discrecional del poder— refuerza una percepción cada vez más extendida: los vicios del pasado no han sido erradicados, solo han cambiado de rostro. Todo ocurre en la misma semana, en distintos puntos del país, pero bajo un mismo patrón de desgaste institucional.
Vistos en conjunto, estos hechos no son aislados. Forman parte de una misma lógica: un proyecto político que se fragmenta por sus propias contradicciones. La incongruencia se ha vuelto una constante: se habla de austeridad mientras se ejerce el privilegio; se presume unidad mientras se gobierna desde la división; se invoca al pueblo mientras se decide sin escucharlo. Esta distancia entre discurso y práctica es el principal factor de debilitamiento de la 4T.
Es importante subrayarlo con claridad y empatía: la crítica no es contra la ciudadanía que ilusamente creyó en la 4T. El desencanto que hoy se percibe no es traición ni apatía; es exigencia democrática. La gente no dejó de creer en el cambio, dejó de creer en la incongruencia.
Gobernar no es resistir la crítica ni imponer silencios. Gobernar es corregir, asumir responsabilidades y construir acuerdos. Cuando el poder se divide, se encierra en sí mismo y normaliza el exceso, no se debilita la oposición: se debilita la democracia. Oaxaca, una vez más, funciona como germen y espejo de lo que ocurre en el país. La transformación no se sostiene con discursos ni con lealtades ciegas, sino con coherencia, ética pública y respeto a la ciudadanía. Sin eso, cualquier proyecto corre el riesgo de convertirse en aquello que prometió combatir.








