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Karla MARTINEZ DE AGUILAR

Fotografías: Jorge Luis Plata

Las historias de las ciudades también se cuentan a través de sus materiales y en Oaxaca de Juárez, la cantera no solo sostiene edificios y fachadas: guarda memoria, oficio, es parte fundamental de la historia y el paisaje urbano de la ciudad.  Y como dice el maestro escultor Patricio Santiago, la cantera es el corazón, el alma, de la ciudad de Oaxaca.

Las veinte piezas que presenta conforman la Ruta de la Cantera que hoy recorre el Centro Histórico dialogando con esa historia profunda que nos comparte en un espacio público importante que además refleja la historia de manos creadoras que forman parte de la Cuarta generación en el Arte Lapidario y Cantería en Oaxaca, iniciada por su padre, el maestro Odilón Santiago, Q.E.P.D.

La Ruta de la Cantera estará exhibida durante cuatro meses e invita a caminar la ciudad de Oaxaca desde otra mirada. No se trata únicamente de observar esculturas, sino de reconocer en cada pieza un proceso largo, silencioso, humano y lleno de vida. Detrás de cada forma hay años de trabajo, de esfuerzo, de aprendizaje heredado y de una relación íntima con la piedra.

Para el maestro escultor Patricio Santiago, esta exhibición representa mucho más que una muestra artística. Es un reencuentro con su origen, con la memoria familiar y con el oficio que marcó su vida desde la infancia. También es una forma de devolverle a Oaxaca lo que Oaxaca le dio.

El maestro escultor Patricio Santiago comparte el recorrido de un proyecto que tardó siete años en consolidarse, pero toda una vida en gestarse. Sus palabras revelan la dimensión emocional de un trabajo que hoy habita calles, plazas y miradas, y que permanecerá en la ciudad como un testimonio vivo del arte de la cantera.

¿Cómo nace la Ruta de la Cantera y qué momento de su vida marca el inicio de este proyecto?

Este proyecto no nació con un destino claro. Se fue construyendo poco a poco a lo largo de siete años. No estaba pensado específicamente para exhibirse en el Centro Histórico; quizá existía una idea general, un propósito, pero no algo definido. Las piezas fueron surgiendo una a una en días y noches de dedicación, hasta conformar un conjunto de veinte esculturas de mediano y gran formato. Durante esos años, varias de las piezas se exhibieron de manera individual en museos, instituciones y eventos culturales, tanto privados como abiertos al público.

El primer momento decisivo llegó en 2024, cuando, a través de la licenciada Liz Bernal, el proyecto fue aceptado en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de Oaxaca. Ese espacio se convirtió en la primera sede completa de la exhibición. Fue un reto importante.

La logística en un lugar así es completamente distinta: es un área federal, con lineamientos estrictos y procesos complejos. La idea inicial era que permaneciera seis meses, pero el impacto fue tan positivo que se extendió primero a un año y luego a un año ocho meses. Al ver la respuesta tanto del público local como de los visitantes fue cuando entendimos realmente el alcance de la exhibición.

Al concluir ese periodo, surgió la posibilidad de traer las piezas al Centro Histórico. Implicó restaurarlas, reparar daños y comenzar un proceso de gestión largo con distintas instancias. Cuando en enero de 2026 se confirmó que la exhibición seguía en pie, todo tomó sentido. El montaje se realizó en cuatro noches, gracias a un trabajo coordinado entre el taller, mis hermanos Iván y Salvador Santiago, y las autoridades municipales como lo fueron el Maestro Raymundo Chagoya, Presidente Municipal de Oaxaca de Juárez, y la Doctora Magdala Fernanda Chávez Cruz, Secretaria de Cultura, Educación y Fomento a la Lectura del Municipio de Oaxaca; así como por mi amigo Rolando Calderón. Fue intenso, pero profundamente significativo.

Llegar al Centro Histórico siempre había sido una idea presente. Por mi historia, por el taller, por mi padre y por todo lo que él restauró en estas calles. Sabía que el día que estas esculturas estuvieran aquí sería un momento importante para mi familia y para mí. Y lo fue, incluso más de lo que imaginé.

Para mi carrera, este momento es profundamente significativo, porque estas piezas guardan la memoria de mis inicios y de todo lo que ha dado forma a quien soy hoy como artista. Reflejan el reconocimiento y el diálogo que mi obra ha tenido tanto con el público oaxaqueño como con personas de otros países. Durante años, mi trabajo se mostró principalmente en Estados Unidos y Sudamérica, y sentía que hacía falta traerlo de vuelta, exponerlo aquí, en casa, y compartirlo con la gente y el lugar que me vio nacer.

¿Qué recuerdos familiares o enseñanzas heredadas están presentes en estas obras?

Todo lo que soy está ahí. El día de la inauguración rendimos un pequeño homenaje a mi padre, porque todo lo que hoy somos mis hermanos y yo se lo debemos a él. Su manera de enseñar era dura, pero profundamente formativa. No explicaba demasiado: hacía las cosas y uno tenía que observar, aprender mirando, estar atento todo el tiempo. Si algo salía mal, se corregía desde el principio. No había pretextos.

Desde niños, recuerdo que sabíamos que teníamos que estar listos desde temprano: bañados, desayunados y preparados para acompañarlo al Centro Histórico, a medir, a sacar plantillas para el trabajo que se iba a realizar. Esa disciplina se nos quedó grabada sin necesidad de palabras.

Cuando decidí dedicarme por completo al arte, volvió a hablar conmigo. Me dijo que era una carrera difícil, que los artistas que hoy están bien posicionados también pasaron por momentos complicados. Y que yo no estaba solo porque tenía el respaldo del taller, de mi familia, de mi esposa y que la oportunidad llegaría, pero solo si estaba preparado. Esa frase se me quedó muy marcada.

Y así fue. Inicié con exposiciones colectivas y cuando llegó la oportunidad de exhibir en el Museo del Sitio de Monte Albán, en el aniversario del reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad, yo estaba listo. De ahí vinieron las exposiciones individuales, en museos y galerías de otros estados. Todo nace de esa enseñanza silenciosa, firme y constante.

¿Qué significa ser cantero hoy y cómo dialoga con su historia personal?

Ser cantero es identidad. Es algo que se vive a diario, pero que durante mucho tiempo no fue reconocido como se debía. Al investigar restauraciones importantes en las que participó mi familia, me di cuenta que los nombres de los canteros casi nunca aparecían (y no me refiero solo a los de mi familia, sino también a los canteros de Magdalena Apasco; estaban las instituciones, los arquitectos, los gobiernos, pero no el reconocimiento a las manos que hicieron el trabajo. Ellos habían trabajado restauraciones importantes tales como toda la ruta  Dominica, de Yanhuitlán, Tepascolula y Santo Domingo de Guzmán.

Eso me llevó a impulsar el reconocimiento del arte lapidario y la cantería como categoría dentro del Premio Estatal de Arte Popular. No existía. Era como si no figuráramos. Tras años de gestión y con el apoyo de varias personas, entre ellas, la licenciada Nadia Clímaco Ortega y mi amigo Luis Alberto Sánchez Santos, quien estaba encargado del área de concursos del Instituto Oaxaqueño de las Artesanías en coordinación con el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART), se logró.

Hoy Oaxaca tiene esa categoría y los artesanos pueden participar con pleno derecho y para mí, eso también es parte del oficio: defenderlo y darle su lugar. Asimismo, este oficio es mi identidad y siempre va de la mano con el arte popular, de mi comunidad, de mi familia.

 

¿Hay una pieza que represente de forma especial su historia personal?

El venado. Surgió de una experiencia muy fuerte en un momento difícil de mi vida, cuando estaba fuera del país, atravesando una tormenta de nieve que nunca había vivido mientras manejaba acompañado de mi hermano Iván y de otras personas. Estaba muy angustiado y la ansiedad de la que sufro un poco, no ayudaba; de pronto, buscando voltear a todas partes para distraerme, me hizo ver un venado al borde del camino. Nos miramos.

Alguien me dijo que era una señal de buena suerte, que mi vida iba a cambiar a partir de ese momento. No sé si sea cierto, pero en ese momento me tranquilizó, me sacó de ese estado.

Con el tiempo, las cosas comenzaron a cambiar. Regresé a mi estado, retomé el oficio y después de varios intentos, con la idea del venado, gané mi primer Premio Estatal de Arte Popular. No fue planeado y de hecho, pensaba no volver a participar, pero después entendí que había coincidencias y aprendí a respetarlas con humildad.

¿Qué espera despertar en el público durante estos cuatro meses de ruta escultórica?

Espero que el público logre verse reflejado en alguna de las veinte piezas que conforman la ruta. Que surja ese reconocimiento de decir: “esto es de Oaxaca, está hecho con materiales de aquí”. Que conecten con las texturas, las formas y el origen de cada obra.No me interesa imponer una interpretación única. Prefiero que cada persona se acerque a las esculturas desde su propia mirada, que las nombre, que las sienta propias. Ahí es donde ocurre lo esencial. Mis piezas no buscan el realismo; son interpretaciones nacidas de mi manera de observar el entorno. Si alguien se detiene, se cuestiona o encuentra un reflejo de sí mismo en ellas, entonces la obra ya ha cumplido su propósito.

¿Cómo transmite este oficio a las nuevas generaciones y coadyuva a que no desaparezca?

Primero, enseñando a valorar el oficio. Trabajo con escuelas y universidades, además de participar en bienales y festivales dentro y fuera del país; a todos ellos busco transmitirles con pláticas, talleres y convivencias que  también puede hacer de este oficio una carrera. Y este mensaje lo dirijo sobre todo a la gente de mi comunidad, a la gente de Oaxaca, a los estudiantes, a los diseñadores de interiores; ojalá se atrevan a no solo trabajar la cantera, sino a fusionarlo con otros materiales y siempre hago la invitación para que visiten mi taller y vean el proceso completo de este oficio.

Como lo dije anteriormente, mi intención es mostrar que sí se puede construir una carrera, prepararse académicamente y fortalecer el oficio al mismo tiempo. Tal vez no todos serán canteros, pero sí creadores que respeten y comprendan el valor del material y de la tradición. Mientras eso ocurra, el legado seguirá vivo.

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