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HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
25 DE ENERO DE 2026


Me da mucha alegría estar de nuevo en esta Iglesia Catedral. Alguien me dijo cuando iba entrando: ya tiene muchas faltas, ya tiene muchas faltas. Creo que nada más fueron tres, tres faltas y, Pedro le preguntó a Nuestro Señor si tenía que perdonar siete veces y, Nuestro Señor le dijo: setenta veces siete. Yo llevo tres faltas, merezco más perdón, porque no completé ni las siete. Qué gusto.
Por supuesto que pensaba en ustedes y tal vez usted se pregunte: “¿Dónde andaba?”. Fui a visitar a mis hermanos de familia, fui a visitarlos, estuve con ellos todos estos días, ahí en la casa paterna, ahí estuve.
Mis hermanos disfrutaron de su hermano y yo disfruté de mis hermanos, pero no me olvidé de ustedes, no me olvidé de mis hermanos oaxaqueños, de mi familia oaxaqueña, no me olvidé y me da mucho gusto estar de nuevo aquí, en este domingo.
Quiero iniciar diciendo y, tal vez, dejando una enseñanza, a ver si usted, a lo largo de su vida, va recordando. Siempre que se proclama el Evangelio, debemos hacer tres cruces, no es santiguarnos, no es persignarnos. No, es hacer el signo de tres cruces, una cruz en la frente, una cruz en los labios y una cruz en el pecho. Cruces, no haciendo la cruz como nos persignamos, no, no, no, utilice un dedo, cruz en su frente, cruz en sus labios y cruz en su pecho y dígale a Dios: que Tu Palabra esté en mi mente, en mis labios y en mi corazón, eso diga, no diga “por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos”… no, no, no, no… no, no, no. Que Tu Palabra esté en mi mente, en mis labios y en mi corazón y, entonces, escuche el Evangelio, para que entre en su mente, para que lo proclame con sus labios y para que lo guarde, como María guardaba todas las cosas en su corazón. Así también usted, guárdelas.
Hoy, es el domingo de la Palabra de Dios y esta Palabra de Dios nos dice que este mensaje divino es siempre una luz, una luz. Así, entre a la Palabra de Dios. Voy a entrar a la luz, a esta Palabra que me va a iluminar, el acontecimiento que estoy viviendo, me va a iluminar y adéntrese en la Palabra de Dios y escúchela en lo personal y piense, ¿qué le dice Dios a usted? ¿de qué le está hablando? ¿qué le está pidiendo? Y luego, dígale, “esta es mi respuesta a Tu Palabra, esto me pides, estoy voy a dar”. Guárdela en su corazón, pero llévela a la vida, hágala vida, hágala vida.
Hoy nos dice Dios: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. A veces andamos en tinieblas, a veces no sabemos qué hacer. A veces la vida nos desgasta tanto que sentimos que andamos en una oscuridad, que no le encontramos orilla, que no le encontramos fin. Pues busque la Palabra de Dios, lea un fragmento del Evangelio, si quiere lea el Evangelio que se proclama en la Iglesia ese día, porque tal vez usted tiene su misal o a veces ya no necesitamos un misal, a lo mejor usted tiene un celular y en el celular tiene el Evangelio del día, pues vuélvalo a leer, medítelo, profundice en él y ahí va a encontrar la luz que ilumine ese ambiente de tinieblas en el que cree usted que se está moviendo. Un hombre, una mujer de fe no anda en tinieblas, porque la fe nos ilumina. Esta fe nos hace mirar a Dios, que es la luz. ¿Qué dijo Jesucristo? Yo soy la Luz del Mundo, el que me sigue no anda en tinieblas, tendrá la luz de la vida. No ande en tinieblas, muévase en la luz. Humanamente piensa que está de mucha tiniebla la vida, pero es de fe usted, ¿o cómo vive su fe? ¿a poco nada más la vive aquí, dentro del templo? No, no, la fe la vivimos en todos los momentos y quiero que usted se sienta un llamado por Dios, un llamado por Nuestro Señor. Fíjese que le llamó desde el día de su bautismo por su nombre.
Hoy, nos dice el Evangelio que, Nuestro Señor, al inicio de su misión, de su vida pública, ahí, en el mar, se encontró a Andrés y a Pedro y les llamó, les llamó. Se encontró a Santiago y Juan y les llamó, les llamó a seguirlo. ¿Usted cómo se llama? Siéntase llamado por su nombre, así le llamó Dios cuando recibió la adopción de hijo, le pusieron su nombre y le dijeron: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dios se fijó en usted, desde las aguas bautismales y le llamó y se sigue fijando en usted, porque lo necesita para dar testimonio. Los apóstoles dieron testimonio en su tiempo, usted y yo debemos de dar testimonio en nuestro tiempo. Ellos se movieron en un espacio. Nosotros nos movemos también en nuestros propios espacios, nos movemos en un pueblo, nos movemos en una ciudad, nos movemos en una colonia, nos movemos en una pequeña Iglesia doméstica que es nuestra familia. Nos movemos en estas relaciones, nos movemos en este trabajo, en esta oficina, en este servicio. Usted tiene un espacio donde se mueve. Ahí tiene que dar testimonio, ahí tiene que ser un verdadero discípulo de Nuestro Señor, porque Él le ha llamado y le ha llamado por su nombre y, Nuestro Señor, en un momento, dio poder a sus apóstoles, para sanar, para liberar.
Usted es discípulo de Nuestro Señor, también tiene poder para sanar y liberar. Vaya y sane corazones heridos, vaya y encuéntrese con personas que tal vez están desilusionados de la vida y dígale, dígale que la vida es don y gracia, don y gracia divina y que nosotros, a pesar de tanto sufrimiento, de tantas cosas, de tanto dolor, de tanta angustia, tenemos que ilusionarnos y salir adelante. Vaya y enamore de la vida al que está diciendo que no vale la pena vivir, ya no vale la pena sufrir. Vaya y aliéntelo, anímelo, levántelo, ilusiónelo y, tal vez en otro momento le diga, él a usted, te agradezco por lo que hace días me dijiste, me trajo mucha paz tu palabra, me animaste en la vida, estaba a punto de terminarla, pero tú llegaste muy a tiempo y me dijiste que no tenía por qué hacer eso, que tenía que levantarme, que tenía que salir adelante. Te agradezco, porque gracias a tu palabra, que salió de tus labios, aquí estoy. Sé que Dios me habló a través de ti y me dijo: “Yo soy el único dueño de la vida, no lo eres tú y yo quiero que tú sigas viviendo y yo quiero que luches y te esfuerces y salgas adelante”. Lo pude leer en un momento de tranquilidad cuando tú me dejaste después de haber platicado conmigo. Gracias porque me sanaste, gracias porque me libraste de quitarme la vida.
Dios se vale de usted, no neguemos palabras de aliento, no neguemos miradas de amor a las personas, no neguemos misericordia y perdón, no dejemos de tocar el corazón de los demás, porque así quiere Dios tocar el corazón de las personas, los quiere tocar a través de ti y a través de mí.
A veces, ustedes nos dicen, por lo menos me dicen a mí: usted, que está cerca de Dios y yo me le quedo mirando y yo siento, usted está más cerca que yo. Sientan la cercanía de Dios, sientan la escucha de Dios.
Dios no está sordo a su voz, a su súplica, a su petición. Dios no está entretenido atendiendo a otros y a usted no lo atiende. No, Él no es como nosotros. Para ir a Dios no hay que hacer fila, para ir a Dios sólo hay que elevar nuestro pensamiento y llegamos a Él y le expresamos lo que nos está pasando y Dios nos está escuchando y Dios envía gracia y fuerza en favor de nosotros y Dios hace Su obra y usted está cercano a Dios y ese Dios le escucha a usted.
Si usted me dice que estoy cerca de Dios, porque lo tengo en mis manos, le quiero decir, usted lo tiene en todo su ser, ¿qué no es templo vivo del Espíritu Santo? Yo tengo en mis manos el Pan y la copa de Vino, Cuerpo y Sangre del Señor, pero usted tiene a la tercera persona de La Trinidad, no me diga que usted no tiene a Dios, sí lo tiene, Espíritu Santo y el Espíritu Santo es el que pone palabras para alabar y bendecir a Dios. Pues dígale, Espíritu Santo, dime cómo le hablo a mi Padre Dios, dime cómo.
La Palabra Divina siempre será luz en nuestro caminar. Vaya y sea luz, ustedes son la luz del mundo, dice Nuestro Señor. Sea luz, amemos la Palabra Divina.
La segunda lectura nos decía que debemos de ser sólo de Cristo. Ya desde el tiempo de los Apóstoles había divisiones, “yo soy de Pablo, yo soy de Pedro, yo soy de estoy, yo soy de aquello” y el apóstol Pablo dice: “todos somos de Cristo, sólo de Cristo”.
Analizando a nuestros pueblos no tenemos la misma fe, muchos hermanos nuestros no profesan la fe que nosotros profesamos, no la profesan, pero usted no ande con las dudas de que si está en la Iglesia que Cristo fundó. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Las demás Iglesias son fundadas por hombres. Fíjese que anteayer estuve en un lugar y un sacerdote de nuestra Arquidiócesis me dijo: “Monseñor, en un pueblo pequeñito, pequeñito, hay 17 Iglesias protestantes”, 17, en un pueblo pequeñito, que yo conozco también y le dije: “oye, entonces cada familia es una iglesia, ¿verdad?”, sí, comenzó una y se fueron dividiendo los hermanitos y los hermanitos y ahora ya son 17 iglesias y cada uno dice que está en la iglesia que Cristo fundó y todos trabajan para llevarse católicos. Ande, pues es lo que hacen, que usted deje de ser católico, no les interesa otra cosa, no les interesa su salvación, les interesa que usted deje de ser católico.
Llénese de Dios, conozca más su fe, profundice en ella y creo que cuando nos llegan invitándonos a otra religión, entre comillas, nosotros tenemos que decir, yo tengo mi fe, respete mi fe, yo respeto su fe, vaya a vivir su fe y déjeme vivir mi fe y siga su camino, “pero mire, es que usted está equivocado y es que la Iglesia esto, los padrecitos esto, que el Obispo aquello”… dígale que se vaya, ya, ya, cierre la puerta, discúlpeme que sea mal educado pero ya me voy a mi quehacer… ya.
Muy bien. Palabra de Dios que debe de estar en su corazón, Palabra de Dios que debe de estar en sus labios, Palabra de Dios que debe de estar en su mente.
Que María, la que supo guardar en su corazón el mensaje divino, nos ayude a guardarlo y a vivirlo. Dios les bendiga en esta semana.
Que así sea.

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