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HISTORIAS DE ABUELA: DEL LIENZO DEL SIGLO XIX AL SIGLO XXI

La memoria en voz alta: lo que Meyer nos recuerda hoy

Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, innovación y tecnologías con enfoque humano.

“Un niño que escucha una historia recibe más que palabras: recibe raíces.”

GUADALAJARA, Jalisco.- En 1880, Johann Georg Meyer —pintor alemán que encontró en las escenas campesinas y familiares su mayor inspiración— pintó Historias de Abuela. A simple vista, parece un cuadro doméstico: una anciana relatando y tres niños atentos, como si en esas palabras estuviera contenida la vida entera.

Pero la pintura revela más: es un retrato de la oralidad como primer código cultural, de la voz como escuela y de la memoria como herencia.

EL SIGLO XIX Y EL XXI: DOS ESPEJOS

En el siglo XIX, gran parte de la población europea no sabía leer ni escribir. Los cuentos de abuela eran biblioteca viva, parábola disfrazada de fábula, advertencia envuelta en ternura. Lo que Meyer capturó con su pincel fue esa pedagogía íntima: tres niños que no solo escuchan, sino que reciben pertenencia.

Hoy, como viajera del tiempo, me asomo al presente: nuestros niños —los de ahora— crecen rodeados de pantallas, algoritmos y relatos fragmentados en segundos. Pero aunque cambien las formas, la necesidad es la misma: escuchar historias que los vinculen con sus raíces, que les transmitan valores, que los hagan sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.

La voz de los abuelos junto al fogón del siglo XIX se parece más de lo que creemos al cuento leído en medio del ruido digital: ambos son refugio, ambos son código afectivo, ambos son memoria viva.

LA LECCIÓN DE MEYER

El arte de Meyer no solo se mide en técnica o composición. La industria del arte valora este cuadro porque contiene un testimonio universal: la fuerza de la oralidad como tejido social. Historias de Abuela no es un simple lienzo costumbrista, es un recordatorio de que el arte no siempre habita en lo extraordinario, sino en lo cotidiano convertido en símbolo.

En tiempos donde lo digital parece dictar la memoria colectiva, esta obra nos recuerda que contar y escuchar sigue siendo un acto de resistencia.

CONCLUYENDO
UNA INVITACIÓN AL PRESENTE

¿Qué historias hemos dejado perder por no darles espacio a los mayores? ¿Qué pasará con nuestros niños si no encuentran en la palabra compartida la raíz que los sostenga?

El cuadro de Meyer nos interpela a nosotros, espectadores del siglo XXI:
abrir de nuevo espacios donde la memoria intergeneracional tenga voz.
Porque escuchar a un abuelo contar es también escuchar a la historia hablar.
Y porque en cada niño que escucha con asombro… está la semilla del futuro.

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