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Por José María Villalobos Rodríguez

Las empresas privadas latinoamericanas tienen un historial impresionante de cometer graves errores en su desempeño que han tenido un efecto en la competitividad de nuestro subcontinente.
Se han aprovechado de un marco legal muy blandito que les ha facilitado la vida con ventajas que no tenderían en la Unión Europea o Canadá.
El llamado “capitalismo de amigos” se usa con gran frecuencia e impunidad.
Cuando México vendió su red ferroviaria el principal responsable de hacerlo en Hacienda omitió cobrar a las empresas el impuesto al valor agregado… un descuido muy sospechoso…
La constructora brasileña Odebrecht, se lleva las palmas en cuanto a haber ejercido todo un abanico de sobornos a funcionarios gubernamentales con tal de obtener jugosos contratos y blindajes a través del tiempo.
Prácticamente sobornó a todos los funcionarios que le vino en gana y se apoyó en el diseño y operación de normas legales débiles.
Otro filón de oro muy bien aprovechado en Latinoamérica por empresarios sin escrúpulos ha sido la obtención de normas antimonopolio sin dientes.
Esto significa que un mercado de casi 130 millones de pobladores solo tenga dos cerveceras relevantes, dos cadenas televisoras de gran cobertura, una mega telefónica que abusa con el precio de sus servicios, un sistema bancario y de seguros perfectamente de acuerdo en no competir entre sí, sino de expoliar al usuario hasta al límite, protección a empresas de logística que pueden utilizar tráilers de doble caja sin que importe la seguridad en nuestras autopistas, instituciones que en lugar de velar por la sana competencia y la veracidad ante los consumidores se pone al servicio de las empresas… etcétera.
En naciones como Brasil o Argentina es conocido que son unas cuantas familias las propietarias de cadenas productivas especializadas en alimentos que igual exportan o controlan el precio y a los inspectores locales.
Su última gran expansión ha sido en producir soya para China sin que importe ampliar la frontera agrícola a costa de zonas selváticas o boscosas.
Destruir selvas para engordar reses o cerdos está ahora de moda en América Latina… no importa si al destruir manglares o selvas se vengan grandes inundaciones o que las aguas subterráneas de Yucatán se contaminen con heces porcinas… lo único relevante es el lucro que otorga producir toneladas de carne.
En la alimentación y engorda de ganado confinado en Latinoamérica todo es permitido. El uso de clembuterol o aditivos facilita una rápida engorda animal aunque resulte que miles de consumidores paguen el precio de su gula con su salud.
Si usted consume queso fresco o panela en México ninguna autoridad sanitaria se hará responsable de sancionar a quien ni siquiera hirvió la leche o evitó el uso de producto proveniente de vacas enfermas de brucelosis. Resultado: cada año miles de mexicanos enferman porque carecemos de sistemas efectivos de control sanitario y como se dice vulgarmente…. “de algo nos hemos de morir”.
Con tal de presumir que se atrajo inversión directa en Latinoamérica sus gobiernos “promotores” permiten a industriales europeos, norteamericanos o asiáticos que viertan tóxicos a las cuencas de los ríos, que incumplan en el control de emisiones a la atmósfera y paguen salarios bajos a sus obreros.
En la minería latinoamericana no se tiene un marco regulatorio similar o parecido al de la Unión Europea o Canadá. Se permite la subcontratación a mansalva y se hace el menor número posible de inspecciones en la seguridad de las minas.
No sorprende, pues, que se den graves accidentes en la minería latinoamericana sucedan con alarmante frecuencia.
En el estado de Coahuila –con minería de carbón muy importante al darse la explosión en Pasta de Conchos solo se contaba con cuatro inspectores … y la mayoría de los fallecidos laboraba bajo contratos de outsourcing para una empresa que cotizaba en varias bolsas de valores y que se jactaba de altas utilidades.
Derrumbes, derrames, explosiones, son vistos ya como algo “normal”.
Tenemos un gran problema ambiental e hídrico en buena parte de América Latina con efectos palpables en la salud de sus pobladores – de toda edad y condición social.
En las plantaciones de caña de azúcar mexicanas se está dando una alta incidencia de gente joven con enfermedades graves renales… cuyo origen parece estar en el uso de herbicidas dañinos al ser humano. La prevención es nula.
En la zona metropolitana de Monterrey se está dando una alta incidencia de cáncer de estómago en mujeres en edad reproductiva.
Las autoridades ambientales no trabajan a favor de la población, sino del lucro de las empresas regias. El bombardeo incesante en medios sobre Tigres o Rayados es un distractor para mantener a la gente embobada y que piense más en las patadas y piruetas de sus ídolos futboleros.
Si ustedes comparan el cuidado de bosques y agua que se da en Canadá con el que tenemos en Latinoamérica verán con claridad leyes con dientes y sin ellos.
Una fábrica de papel en la provincia de Quebec utiliza celulosa brasileña, no corta un solo árbol canadiense. Invierte millones de dólares obligado por la ley para que en sus aguas de proceso no se quede ningún químico contaminante que dañe las aguas de la región. Si quieren ver lo opuesto vayan a Veracruz y observen lo que Kimberley Clark ha hecho por décadas con sus desechos y con los bosques.
Si en algo hemos fallado en Latinoamérica para el futuro de nuestros hijos ha sido en haber sido tan permisivos con las empresas cuyas emisiones dañan a la salud y a la vida de tantas especies.
Se calcula que la gran contaminación que dejó Azufrera Panamericana en Jáltipan, Veracruz, tardará entre 150 y 200 años en disiparse.
Y les puedo asegurar que no es el único caso en el que en América Latina sólo ha importado el corto plazo y la ganancia rápida. Esa es la diferencia que nos distingue de la Unión Europea: el que para nosotros sea la fatalidad algo aceptado como imbatible.
Somos muy irresponsables con nuestra salud y nuestros recursos naturales. Es un sello distintivo deplorable.
Parece que no tuviéramos solución ni perdón.

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