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El Silencio en la Plaza

Dra. Berta Ruth Arreola Ruiz

Con motivo del Día Internacional de la Mujer publicamos este relato inédito porque en muchas comunidades indígenas de Oaxaca, el machismo y la violencia siguen cobrando vidas inocentes de mujeres al exigir a estas dar a luz varones, sin tomar en cuenta que los hombres definen el sexo de los hijos e hijas.

I. Introducción

Comparto este relato con el propósito de que las experiencias de mi vida profesional, tanto en comunidades rurales como en la capital, sirvan a quienes, por desconocimiento o falta de orientación, pudieran enfrentarse a una situación semejante.

Era el año de 1982. Me desempeñaba como Agente del Ministerio Público en el Distrito Judicial de Zimatlán de Álvarez, Oaxaca. Aquel miércoles —día de plaza—, mientras atendía en mi oficina, se presentaron un hombre de unos cuarenta y cinco años y su hija, de entre dieciocho y veinte. Desde su ingreso percibí en ambos un nerviosismo profundo: sus miradas esquivas hacia la puerta y el ventanal revelaban miedo.

Con cautela procuré ganar su confianza. El hombre me dijo que acompañaba a su hija para denunciar a su esposo, quien había asesinado a su hija recién nacida. El agresor, además, la mantenía amenazada de muerte si contaba lo ocurrido. Aquella joven, vigilada y recluida en la casa de sus suegros, había logrado escapar apenas unas horas antes.

II. El Caso

Durante su declaración, la joven narró con voz temblorosa que, tras unirse con su pareja, se había ido a vivir a casa de sus suegros. Poco después supo que su suegra también estaba embarazada. Con el tiempo, ambas dieron a luz: primero la suegra, quien tuvo un hijo varón —motivo de júbilo familiar—; luego ella, que dio a luz una niña. Ese hecho provocó el enojo y desprecio de su esposo y de toda la familia, quienes le reprochaban haber “parido una mujer”.

El marido la insultaba y golpeaba, sobre todo cuando bebía. Solía decirle con desprecio que su madre, siendo mayor, había tenido “un machito”, mientras que ella, joven aún, solo había tenido “una muchita que no servía para nada”.

Una noche, llegó borracho exigiendo la cena. Ella, con su bebé en brazos, la recostó en el lecho para atenderlo. Pero al poco rato, la niña comenzó a llorar de hambre. Enfurecido, el hombre gritó:

—¡Calla a esa muchita, ya me tiene harto! Si no, yo mismo la haré callar.

Al persistir el llanto, se dirigió hacia la cuna, la tomó entre sus brazos y, gritando insultos, cubrió su pequeño rostro con la palma de la mano hasta que el llanto cesó. Cuando la madre intentó arrebatarle a su hija, la encontró sin respiración, el rostro amoratado. En su desesperación trató de reanimarla, sin éxito. El marido la amenazó: no debía pedir ayuda ni contar lo sucedido.

Minutos después, la obligó a buscar una caja de cartón, colocó el cuerpecito dentro y, con pala y pico, la llevó al panteón del pueblo. Allí, entre las sombras de la noche, la obligó a cavar un hoyo donde enterraron a la niña. Regresaron a casa sin que nadie advirtiera lo ocurrido. Desde entonces, él no la dejaba salir ni hablar con sus suegros, vigilándola constantemente con un rifle. Finalmente, aprovechó un descuido para escapar y refugiarse en casa de su padre, quien la acompañó a denunciar.

Durante la declaración, la joven lloraba sin consuelo; en su rostro se mezclaban el miedo, la vergüenza y una tristeza inconmensurable.

Les pedí permanecer para realizar las diligencias necesarias, pero explicaron que debían regresar ese mismo día para no levantar sospechas, prometiendo volver el siguiente miércoles de plaza. Acordamos que para entonces tendría la autorización sanitaria para exhumar el cuerpo y la presencia de un médico legista.

El día convenido llegó. El personal médico, policiaco y yo esperamos a los denunciantes para trasladarnos a su pueblo. Nunca aparecieron.

Pasaron seis meses. Una mañana recibí la noticia de un homicidio en el mismo pueblo. Al llegar al lugar, hallamos el cuerpo de un hombre tendido frente a su casa. Entre la multitud, reconocí a la joven denunciante: con voz quebrada me dijo que el difunto era su padre. Explicó que desde el día en que la acompañó a presentar la denuncia, su esposo los vigilaba armado. Esa vez, su padre salió a la calle y el agresor le disparó sin piedad.

Aprovechando la presencia del médico legista, nos trasladamos al panteón para corroborar el homicidio de la menor. Se exhumó el pequeño cadáver y se practicó la autopsia. Integrada la averiguación previa, se consignó el caso al Juez, quien libró orden de aprehensión contra el responsable. Poco después fui cambiada de adscripción, afortunadamente, el doble homicida fue detenido y se hizo justicia..

III. Reflexión Final

Esa experiencia me dejó una huella profunda. En muchas comunidades indígenas alejadas, la educación formal aún es limitada, y el desconocimiento persiste incluso en temas básicos de biología humana. Pocos saben que el sexo del hijo no lo determina la mujer, sino el hombre, quien posee el cromosoma “XY”; la mujer, en cambio, cuenta con dos cromosomas “XX”. Cuando se unen el cromosoma “X” femenino y el “Y” masculino, nace un varón.

Este simple hecho, que la ciencia enseña desde la escuela primaria, sigue siendo ignorado en muchas regiones, donde el machismo y la violencia siguen cobrando vidas inocentes. El deseo de “tener un machito” continúa siendo, lamentablemente, una exigencia social que condena a la mujer y desprecia la vida misma.

Espero que este testimonio sirva para despertar conciencia sobre la necesidad de educación, respeto y justicia, especialmente en los lugares donde el silencio se ha vuelto costumbre.

 

 

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