EL «CÍRCULO» DE LAS BERMUDAS
Cultura doméstica, memoria y respeto por los espacios compartidos
Por Mariana Navarro | MNP®
(Metáfora doméstica inspirada en el imaginario del Triángulo de las Bermudas)
GUADALAJARA, Jalisco.- Mi abuelita me decía, con esa calma que solo dan los años y la experiencia de haber visto pasar generaciones:
“Ese cuarto parece el círculo de las Bermudas.
Todo entra… y nada sale.”
Y no lo decía como queja.
Lo decía como diagnóstico doméstico.
Ahí terminaban los “recuerditos” de hijos y nietos:
una consola que ya no servía, cajas con el eterno “luego paso por esto”, objetos que se dejaban “por un ratito” y que, como suele ocurrir en las casas donde hay cariño y paciencia, se quedaban mucho más tiempo del previsto.
Porque, como bien repetía con serenidad:
lo que se deja tantito, se queda.
Hasta que un día dijo basta.
Sin enojo.
Sin reproches.
Con esa sabiduría doméstica que entiende que el orden también es una forma de paz.
Me acordé de ella cuando vi este anuncio.
Primero me causó gracia.
Después, inevitablemente, me dejó pensando.
«LO QUE SE DEJA UN MOMENTO, SE QUEDA»
¿Por qué conservamos lo viejo, lo usado, lo que ya no cumple función alguna?
No siempre es nostalgia. A veces es costumbre. A veces comodidad. Y muchas veces, una forma discreta de postergar decisiones.
Decimos:
“Ahí déjalo tantito.”
“Luego paso por eso.”
“Es solo en lo que me organizo.”
Y ese “tantito” se vuelve meses.
Los meses, años.
Y los objetos, habitantes silenciosos del espacio ajeno.
Confundimos memoria con apego, y apego con derecho.
Pero una cosa es recordar, y otra muy distinta es ocupar.
El problema no es tener cosas.
El problema es dónde se quedan.
«LO AJENO, AUNQUE SEA POCO, PESA»
Cuando consolas, equipos o cajas completas permanecen durante años en casas que no son propias —y más aún, en hogares de personas de la tercera edad— la escena cambia sin necesidad de decir una sola palabra.
Ellos, que ya aprendieron que menos es más y que el orden también descansa el alma, terminan resguardando excedentes ajenos.
No por obligación.
Sino por educación.
Por cariño.
Por no incomodar.
Pero el espacio también tiene memoria.
También se llena.
También se cansa.
También guarda silencios que nadie menciona.
Y no todo mundo está obligado a convivir con recuerdos que no le pertenecen.
«CADA COSA EN SU LUGAR»
Soltar no siempre significa tirar.
A veces significa hacerse responsable de lo propio.
Poner cada cosa en su lugar es, en realidad, un acto elemental de consideración.
Especialmente cuando ese “lugar temporal” ha sido, durante años, la casa de alguien más.
Una casa no es bodega afectiva.
Ni archivo involuntario.
Ni extensión silenciosa de la desorganización ajena.
Mi abuelita, con su sabiduría sencilla, también decía algo que hoy cobra un sentido casi filosófico:
“Las cosas se guardan, sí… pero la vida se vive.”
Y ahí está, quizás, la enseñanza más profunda.
No acumules cosas: llénate de experiencias vivas.
De conversaciones.
De visitas que sí regresan.
De recuerdos que no ocupan espacio físico, sino lugar en la memoria.
Porque los objetos pesan.
Pero las experiencias habitan sin invadir.
Así que, sin reproches y con una sonrisa —como diría mi abuelita—,
ahí les dejo el comercial de los tiliches.
Por si alguien todavía tiene cosas que “solo dejó un momento”…
y ese momento ya lleva demasiado tiempo viviendo
en el «círculo» de las Bermudas de alguien más.
Posdata.
Pensándolo bien, la excelsa filósofa Hannah Arendt tenía razón: el mundo común se sostiene en lo que respetamos.
Y eso empieza, muchas veces, por algo tan sencillo —y tan revelador— como no convertir una casa ajena en bodega involuntaria…
ni en el depósito silencioso de lo que nunca decidimos soltar.








