Febrero suele vestirse de corazones y promesas rápidas. Se habla del amor como un destello romántico, intenso y, a veces, efímero. Pero el amor sano vive en lo cotidiano, en los vínculos que cuidamos con paciencia: la familia que nos sostiene, los amigos que nos eligen, la pareja que camina a nuestro lado y, también, la relación que tenemos con nosotros mismos.
El amor sano empieza por la familia, entendida no solo como la que nos tocó, sino también como la que elegimos. Es aprender a escuchar incluso cuando no estamos de acuerdo; es poner límites sin culpa y ofrecer apoyo sin invadir y entendemos que amar no es controlar, sino acompañar.
En la amistad, el amor se manifiesta como presencia auténtica. Las amistades sanas nos recuerdan quiénes somos cuando el ruido del mundo intenta confundirnos. Son espejos honestos y refugios seguros.
El amor de pareja, tantas veces idealizado, no se trata de completar al otro, sino de compartir el camino con respeto, ternura y responsabilidad afectiva.
Pero ninguna relación florece si olvidamos la más importante: la relación con nosotros mismos. El amor propio no es egoísmo; cuando nos tratamos con respeto, aprendemos a elegir mejor, a decir “no” cuando es necesario y a construir vínculos desde la abundancia, no desde la carencia.
Construir mejores relaciones implica revisar hábitos, desaprender lo que normalizamos y apostar por una comunicación más consciente. El amor sano se practica. Se aprende. Se decide.
Este febrero, más allá de regalos y frases bonitas, podemos regalarnos algo más duradero: vínculos más humanos. Apostar para que el amor sea un espacio seguro donde podamos ser, crecer y construir juntos.





