CUANDO SE CIERRA EL CANAL DEL CONOCIMIENTO

Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora
Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación tecnológica con enfoque humano
“Una sociedad se reconoce no por lo que entretiene, sino por lo que decide enseñar.”
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EL CANAL QUE NO GRITABA
GUADALAJARA, Jalisco.- “Durante décadas existió en Estados Unidos un canal simbólico de transmisión del conocimiento que no perseguía la atención inmediata ni dependía del escándalo.
No competía por clics.
No obedecía al algoritmo.
Era un canal donde se aprendía a leer el mundo”.
Allí nacieron Plaza Sésamo y Cosmos, dos proyectos que marcaron a generaciones enteras y que hoy forman parte de la memoria cultural global. No eran simples programas: eran dispositivos pedagógicos, diseñados para enseñar lenguaje, ciencia, pensamiento crítico y convivencia desde una lógica profundamente humana.
Ese canal tenía una premisa clara:
el conocimiento debía ser público, accesible y compartido.
Hoy, en Estados Unidos, ese modelo comienza a cerrarse.
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CUANDO LO PÚBLICO DEJA DE SER PRIORIDAD
La radio y la televisión pública —históricamente dedicadas a la alfabetización, la divulgación científica y la formación cívica— enfrentan recortes, desfinanciamiento y desplazamiento frente a plataformas privadas cuya lógica central es la rentabilidad inmediata.
No desaparecen por falta de audiencia.
Desaparecen porque no generan ganancias rápidas.
En años recientes, decisiones de financiamiento y reconfiguración institucional han debilitado a medios públicos históricos como PBS y NPR, desplazando su función educativa frente a ecosistemas mediáticos regidos por intereses comerciales. No se trata de una crisis de contenidos, sino de una redefinición del valor de lo público.
El problema no es tecnológico.
Es ético.
Cuando el conocimiento se evalúa únicamente por su capacidad de monetizar, deja de ser un derecho social y se convierte en un producto más dentro del mercado de la atención.
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EDUCAR NO ES ENTRETENER
Plaza Sésamo enseñó a millones de niñas y niños a nombrar emociones, a convivir con la diferencia y a reconocerse en el otro sin violencia ni estridencia.
Cosmos, de Carl Sagan, enseñó a pensar científicamente sin expulsar el asombro, a comprender el universo sin perder humildad.
Ambos demostraron algo fundamental:
educar no es entretener,
y divulgar no es simplificar.
Eran programas que confiaban en la inteligencia del espectador.
No necesitaban gritar para ser vistos.
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DEL AULA AL ALGORITMO
Hoy, gran parte de la educación cultural y científica migra a plataformas privadas regidas por métricas opacas, estímulos breves y dinámicas de hiperconsumo.
La pregunta ya no es si la radio y la televisión pública “siguen siendo viables”.
La pregunta es más profunda y más incómoda:
¿quién educa ahora a la infancia?,
¿quién narra la ciencia?,
¿quién cuida la memoria cultural compartida cuando el algoritmo decide qué merece existir?
El problema no es la multiplicación de formatos, sino que el canal del conocimiento deja de ser continuo. La transmisión se fragmenta, se interrumpe y se subordina a lógicas de atención que no educan, solo retienen.
Cuando estas funciones se privatizan por completo, la cultura deja de ser un bien común y se vuelve un privilegio condicionado al acceso, al tiempo y al capital simbólico.
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UNA RESPONSABILIDAD CULTURAL
Defender la radio y la televisión pública no es un gesto nostálgico ni una resistencia romántica al cambio tecnológico.
Es una responsabilidad cultural compartida.
Una sociedad que renuncia a sostener sus propios canales de conocimiento se vuelve más fragmentada, más vulnerable y menos capaz de dialogar consigo misma.
Porque cuando se cierra el canal del conocimiento,
aprender deja de ser un derecho
y se convierte en una concesión.
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CONCLUYENDO
Tal vez el verdadero debate no sea sobre presupuestos, formatos o audiencias.
Tal vez la pregunta central sea otra, más incómoda y más urgente:
¿qué sucede con una sociedad cuando externaliza por completo la enseñanza, cuando renuncia a cuidar sus propios canales de transmisión del saber y delega esa responsabilidad a sistemas que no educan, sino que administran atención?
Porque cuando el conocimiento deja de transmitirse como bien común,
cuando ya no existe una señal estable que cuide la infancia, la ciencia y la memoria cultural,
aprender deja de ser un derecho compartido
y se convierte en una experiencia desigual, intermitente y solitaria.
Cerrar un canal del conocimiento no es una decisión técnica.
Es una definición cultural sobre quién merece aprender
y en qué condiciones.
De la serie: Ética y Tecnología con alma.








