Antonio SALDAÑA*
BARCELONA, ESP.- Hay momentos en los que uno se aferra a la idea de que, si se esfuerza un poco más, si mandas el mensaje perfecto, si te muestras más disponible, más amable, más “lo que sea”, la otra persona (la que te gusta) finalmente va a interesarse. Yo también he caído en esa trampa, es como intentar encender una fogata soplando más fuerte, sin darte cuenta de que no hay ni una chispa debajo.
Cuando alguien no está realmente interesado, las señales aparecen aunque uno quiera ignorarlas. Primero verás que te responde sin ganas, como quien hojea un libro que no piensa comprar, luego te busca solo cuando no tiene nada mejor que hacer o quiere pasar un rato con alguien “fácil”. O te escucha a medias, con la mirada puesta en otro lado. Y tú, en lugar de aceptar la evidencia, empiezas a “echarle más ganas”, como si el afecto fuera un premio por esfuerzo.
La psicología lo explica bien: cuando ponemos toda nuestra energía en agradar a alguien más, dejamos de escucharnos y solo vemos lo que creemos que el otro quiere. Y el cerebro entra en modo “supervivencia emocional” y empieza a justificar lo injustificable. Te dices que quizá está ocupado, que quizá es tímido, que quizá necesita tiempo. Pero en el fondo sabes que si alguien quiere, se nota. El interés no se esconde, se desborda. En otras palabras, el interés tiene pies y todos tenemos tiempo para lo que deseamos.
El problema de esforzarte para gustarle a alguien es que, sin darte cuenta, te vas alejando de ti. Empiezas a moldearte para encajar en su mundo, como si fueras plastilina emocional. Cambias tus horarios, tus prioridades, tus límites. Y lo peor es que, mientras más te esfuerzas, más te desgastas como si estuvieras corriendo detrás de un autobús que nunca tuvo intención de detenerse.

Yo he aprendido que cuando estás interesado en alguien que no te corresponde, lo más sano es hacer una pausa interna. Preguntarte qué parte de ti está buscando validación ahí. A veces no es la persona lo que deseas, sino la sensación de ser elegido. Y eso es peligroso, porque te convierte en un mendigo emocional esperando migajas.
¿Qué hacer entonces? Primero, aceptar la realidad sin adornarla. La claridad duele, pero también libera. Después, regresa la energía hacia ti y recuerda qué te gusta, qué te mueve, qué te hace sentir vivo. La psicología habla de “autorregulación emocional”: volver a tu centro, reconectar con tus necesidades, reconstruir tu autoestima desde dentro.
También ayuda cambiar la narrativa interna, en lugar de pensar “no soy suficiente”, empezar a pensar “no es mi persona”. No todos los vínculos están destinados a florecer, y eso no te resta valor. Es como intentar plantar una semilla en tierra seca: no importa cuánto la riegues, no va a crecer. No porque la semilla sea mala, sino porque no es el lugar adecuado.
Al final, yo entendí que esforzarme para que alguien me quiera es una forma de abandono propio. Y yo ya no quiero abandonarme, mil veces prefiero invertir mi energía en quien también invierte en mí, en quien me mira con ganas, en quien me elige sin que yo tenga que hacer malabares emocionales y en quien lo hace fácil.
Porque cuando no le interesas, lo único que realmente funciona es interesarte por ti. Y desde ahí, desde ese lugar más firme, aparece gente que no necesita que te esfuerces para verte. Te aconsejo algo, si estás pasando por esto de “echarle ganas” cámbialo por “aguantarte las ganas” y haz algo beneficioso para ti.

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960.
Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona.
IG: tonosaldanaartista
YouTube.com/c/TonitoBonito








