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Claudia SAGREDO*

CDMX.-Hubo un momento, no sabemos exactamente cuándo, en el que los museos dejaron de pedir silencio. No fue un anuncio oficial. Nadie tocó una campana ni apareció un manifiesto pegado en la puerta de mármol. Simplemente empezó a pasar: alguien se sentó en una pieza que sí se podía tocar, otro visitante tomó una foto sin culpa, una niña movió una pantalla interactiva y un adulto descubrió que estaba jugando dentro de una exposición sin darse cuenta.

Haciendo de la institución museística un espacio que escucha y se transforma, que ve el tiempo y espacio en el que vive. Ahora, hablemos de diseño en los museos que su objetivo es observar cómo vivimos realmente. No cómo deberíamos vivir según un manual académico, sino cómo comemos, cómo nos sentamos, cómo usamos el celular mientras caminamos y cómo elegimos una taza favorita sin saber por qué.

El diseño siempre ha entendido lo cotidiano; y ahora los museos comunicando su quehacer a través de él.

Y entonces pasó algo que hace unos años habría parecido una broma curatorial: el museo abrió un supermercado. No uno simbólico. No una metáfora complicada explicada en una cédula de quinientas palabras. Un supermercado real.

Con pasillos, estantes, productos apetitosos y esa sensación familiar de estar buscando algo que no sabías que necesitabas hasta verlo. Solo que nada era comida.

Esto está ocurriendo ahora mismo en Nueva York, donde el Museo de Arte Moderno decidió convertir su tienda de diseño en MoMA Mart, un pop-up temporal que transforma el acto cotidiano de hacer el súper en una experiencia museística. Durante unas semanas —del 7 de enero al 29 de marzo de 2026— los espacios de la MoMA Design Store en SoHo y Midtown dejaron de vender objetos como cualquier tienda para convertirse en una instalación inmersiva donde todo parece comestible… pero en realidad es diseño.

Hay velas que parecen verduras frescas, lámparas con forma de tomate, relojes que son rebanadas de pizza, objetos domésticos disfrazados de productos de despensa.

Uno entra pensando que va a comprar algo bonito y termina cuestionando qué tan lejos está el arte de la vida cotidiana.

Y quizá ahí está la verdadera gracia de todo esto: el museo ya no intenta separarnos de nuestra rutina, sino infiltrarse en ella.

Durante mucho tiempo pensamos que la experiencia cultural debía sentirse distinta a la vida diaria. Más elevada. Más silenciosa. Más solemne. Como si el conocimiento necesitara una atmósfera especial para existir.

Pero el diseño entiende algo antes que nadie: las personas conectan mejor con aquello que reconocen; un tomate, por ejemplo.

Todos sabemos cómo se ve un tomate. No necesitamos contexto histórico ni formación académica para entenderlo. Y sin embargo, cuando ese tomate se convierte en lámpara dentro de un museo, algo cambia. Lo cotidiano se vuelve extraño. Lo familiar se vuelve digno de atención.

Y entonces ocurre una pequeña revelación: tal vez el diseño siempre estuvo ahí, solo que no lo mirábamos con suficiente atención.

MoMA Mart funciona precisamente porque juega con esa percepción. Nos invita a mirar dos veces. A dudar de lo evidente. A descubrir que un objeto puede ser simultáneamente útil, divertido y conceptualmente potente.

Y tu… ¿reinterpretarías el diseño?

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas.

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