CARPE DIEM
Oaxaca en el mismo camino de Tulum
NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS nestoryuri@yahoo.com
En México ya inventamos un verbo para nombrar una tragedia contemporánea:
tulumizar. No significa modernizar ni desarrollar, sino todo lo contrario. Es
arruinar algo inherentemente bello y con identidad propia, convertirlo en una
franquicia de sí mismo, en un decorado sin alma para el consumo rápido. Tulum
fue el laboratorio, pero hoy el fenómeno se expande. Oaxaca está entrando,
peligrosamente, en ese mismo proceso.
Desde hace varios años, las políticas públicas han privilegiado un modelo de
desarrollo basado casi exclusivamente en la explotación turística de la cultura, la
gastronomía y las tradiciones locales. En lugar de entenderlas como prácticas vivas,
vinculadas a comunidades concretas y a dinámicas históricas complejas, se les ha
tratado como recursos comercializables. Este enfoque ha tenido consecuencias
visibles.
El Oaxaca que hoy se ofrece al mundo es, en muchos casos, una máscara. Una
representación que poco tiene que ver con aquello que alguna vez cautivó por su
profundidad histórica y su diversidad cultural. Basta recorrer mercados, tiendas y
corredores turísticos para notarlo. Los textiles “tradicionales” que venden incluso
los propios indígenas en puestos ambulantes ya no se producen en Oaxaca: vienen
de Tlaxcala, hechos en serie. El quesillo, emblema mundial de la gastronomía local,
casi no se elabora aquí; llega de Chiapas, Veracruz o Puebla. El pan tradicional es
una espuma reseca con una cubierta engañosa. El chocolate oaxaqueño, famoso por
su aroma y complejidad, se ha reducido a azúcar con color. El mole, orgullo de una
cocina con decenas de variantes regionales, proviene casi siempre de un solo
productor industrial: una pasta estandarizada que borra recetas, historias y
saberes.
Este proceso no puede entenderse únicamente como una pérdida de calidad
gastronómica. Se trata de una transformación cultural más profunda, en la que la
estandarización responde a las exigencias del turismo masivo y a la necesidad de
producir grandes volúmenes a bajo costo. La tradición deja de ser un conjunto de
prácticas transmitidas y se convierte en una marca.
En el plano institucional, el discurso oficial continúa promoviendo una imagen de
Oaxaca como un espacio “mágico” y “ancestral”, presentada en ferias
internacionales y campañas de promoción turística. Sin embargo, existe una
creciente distancia entre esa narrativa y la realidad cotidiana de la ciudad y sus
comunidades. El modelo turístico que se impulsa reproduce problemas ya
observados en otros contextos: gentrificación, encarecimiento del suelo y de la
vivienda, desplazamiento de pobladores y una presión constante sobre el espacio
público y el medio ambiente.
A ello se suma la llamada gourmetización de la cocina local. Platillos que
históricamente formaron parte de la vida cotidiana se transforman en experiencias
exclusivas, dirigidas principalmente a visitantes extranjeros o a sectores con alto
poder adquisitivo. La cocina deja de cumplir una función social amplia y se
redefine como un bien de consumo elitizado.
Es importante señalar que aún existen espacios y prácticas auténticas, sobre todo
en comunidades alejadas de la capital, donde las tradiciones siguen articuladas a la
vida social y no exclusivamente al mercado turístico. No obstante, estas
experiencias se encuentran cada vez más presionadas por un modelo que privilegia
la rentabilidad inmediata sobre la preservación cultural y la sostenibilidad social.
El problema central no es el turismo, sino la ausencia de una estrategia de
desarrollo más equilibrada. La dependencia casi total de la actividad turística ha
relegado áreas fundamentales como la educación, la ciencia, la tecnología y el
fortalecimiento de economías locales diversas. Sin estas bases, el crecimiento
económico es frágil y desigual.
¿Y qué ofrece el gobierno en la Fitur en España cuándo este régimen no solo es
cómplice del crimen organizado, sino que, en aras de atender a su clientela
electoral tolera y promueve la economía informal, pero también permite un fraude
generalizado contra el turista que, al desconocer los detalles de nuestra identidad,
es engañado en las ferias que cada temporada ofrece a los visitantes?
Muchos “expositores” no son productores, son revendedores que no ofrecen
productos oaxaqueños: loza de Jalisco o Puebla, textiles de India o Pakistán,
mezcales de quién sabe dónde; miel, café o chocolate de dudoso origen. La
autoridad municipal lo sabe y se hace de la vista gorda.
Tulumizar Oaxaca no sería solo un error económico o urbanístico. Sería un fracaso
histórico. Porque cuando una cultura se convierte en escenografía, deja de ser
cultura. Y cuando un pueblo vende su identidad para sobrevivir, lo que está en
juego no es el turismo, sino la dignidad.








