- NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS nestoryuri@yahoo.com
Margarita Maza: entre la austeridad vivida y la
austeridad fingida
El 28 de marzo se cumplirán 200 años del natalicio de doña Margarita Maza, y
persiste dentro del oficialismo la tentación de seguir recordándola como una figura
decorativa de la Historia nacional. Pero si algo nos enseña su biografía es que,
cuando el poder es auténtico no necesita un púlpito mañanero para manipular.
La imagen que la historia oficial construyó de Margarita es la de la esposa ejemplar,
abnegada y sufrida, la justa extensión moral que necesitaba Benito Juárez. Fue
mucho más que eso, su vida estuvo en los límites: exilio, persecución, muerte de
sus hijos, precariedad económica. Soportar esta vida nos enseña que, para ella, la
República fue una causa que vivió en carne propia y no en la hipocresía de la
austeridad obradorista que la convirtió en una falsa narrativa manipuladora.
No se cansó AMLO de usar a Juárez como un recurso decorativo de su discurso y
postura ideológica, con el continuismo que padecemos hoy con Claudia
Sheinbaum. La llamada austeridad republicana se presenta como heredera directa
del juarismo, como si existiera una línea ininterrumpida entre el siglo XIX y el XXI.
Pero esta comparación suele omitir lo esencial: la diferencia radical de contexto.
Juárez y los liberales que lo acompañaron ejercieron el poder en un país al borde de
la desintegración. La austeridad no era una política pública, era una condición
impuesta por la guerra, el exilio y la falta de recursos. Doña Margarita Maza no
representaba la austeridad: la padecía, sin presumirla y, mucho menos, de un
aparato propagandístico que la amplificara.
Contrasta con lo de hoy, que la austeridad se convirtió en una narrativa política
oportunista. Se pregona, se simboliza y se administra como la máscara que usa el
régimen para legitimarse y terminar siendo, únicamente, un desgastado recurso
retórico.
La diferencia es abismal: una cosa es vivir en la escasez como consecuencia de una
crisis histórica y otra es construir, y fingir, una imagen de austeridad como
chantaje de legitimación ante su clientela electoral.
Pero el contraste no termina ahí.
La relación entre lo privado y lo público ha cambiado drásticamente. En el siglo
XIX, Doña Margarita, operaba desde los márgenes visibles del poder, en un espacio
en donde, aunque su acción era real, pero no necesariamente reconocida. Su vida
fue en la máxima discreción. Hoy, las mujeres cercanas al poder, y en el poder
mismo, no pueden moverse sin un aparato de propaganda que amplifique cada
gesto, cada decisión y cada símbolo como un acto de su generosidad personal hacia
el “pueblo”. La llegada de Claudia Sheinbaum marca un quiebre histórico: por primera vez una
mujer encabeza el ejecutivo federal. Pero este hecho por sí solo no cancela las
preguntas de fondo: ¿Ha cambiado realmente la forma en que se ejerce el poder, o
solo ha cambiado quien lo encarna? ¿Se gobierna desde Palenque?
Porque Margarita Maza nos enseñó que el poder no siempre se manifiesta desde
donde la Historia dice mirar. Su grandeza no pasó por mañaneras ni decretos, sino
en su capacidad de sostener un proyecto de república en condiciones extremas.
Nunca buscó ser espectacular, su discreción fue más contundente y efectiva.
Los políticos de hoy dependen cada vez más de lo visible, de la apelación constante
a símbolos históricos como Benito Juárez, al que han convertido en una figura
recurrente y choteada convirtiendo la Historia en un instrumento en sus manos.
La vida de doña Margarita no encaja en la narrativa de la transformación. Nunca
buscó el protagonismo en ningún sentido. No fue un símbolo de su tiempo, aunque
si se convirtió en uno mucho después. Recordarla hoy con honestidad implica
aceptar que no siempre la Historia es justa ni respalda las comparaciones fáciles. Y,
en su caso, su biografía cuestiona una y otra vez el presente. Margarita Eustaquia
Maza Parada no solo es una mujer homenajeada, es un símbolo incómodo ante
muchas mujeres de la política actual.
Murió prematuramente, supuestamente de cáncer, a los 44 años, poco antes de la
muerte de su esposo, en 1871. Fue hija adoptiva del genovés Antonio Maza en cuya
casa trabajaba como sirvienta y esposa del mayordomo la hermana de Benito,
Josefa. Su muerte fue un suceso y su sepelio en el Panteón de San Fernando fue
multitudinario. Nadie de la Iglesia católica asistió.
Margarita fue un símbolo de reconciliación. Su presencia, decencia y entereza
ayudó a sanar las heridas dejadas en la lucha contra Maximiliano que fue, en los
hechos, una lucha entre mexicanos. Su discreción y su silencio dicen más que el
poderoso aparato de propaganda oficial del régimen actual.
A pesar de venir de una familia acomodada y ser esposa del presidente de la
república, dejó a sus hijos un modesto patrimonio y un nombre limpio.








