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CARPE DIEM

Al Mencho sepelio faraónico; la tropa al foso

NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS

Nuestro país está tan golpeado por la violencia que me pregunto si los símbolos todavía importan. No solo porque a través de ellos expresamos lo que somos sino porque también nos dicen qué estamos dispuestos a tolerar. Por eso, el ostentoso funeral para el capo del Cártel Jalisco Nueva Generación, CJNG, en un ataúd dorado que simula un sarcófago de faraón egipcio es una peligrosa señal de la penetración de la narcocultura en la sociedad y en la clase política.

Mientras la muerte del capo acaparó espacios a nivel mundial, lo verdaderamente escandaloso fue la tolerancia del gobierno para darle casi un funeral de Estado, un evento monumental cargado de símbolos de poder y riqueza con un claro mensaje post mortem de triunfo, grandez e impunidad.

Todo funeral tiene siempre una dimensión simbólica profunda. Los ritos nos transmiten valores colectivos: honor, memoria, respeto. Pero cuando un criminal es despedido con toda la pompa, flores y demostraciones de riqueza el mensaje que nos deja es devastador: el crimen no solo existe, sino que es digno de ser admirado y emulado.

No podemos dejar de observar y vivir el contraste, de verdad preocupante, cuando observamos la respuesta oficial. En la captura y muerte del capo también murieron, por lo menos, 25 elementos de tropa, verdaderos héroes. Sin embargo, a pesar de morir cumpliendo su deber, a su despedida ni siquiera asistió su comandanta suprema.

La ausencia de la jefa del Estado también es un mensaje simbólico en momentos de duelo colectivo, no solo por las tropas sino por los cientos de miles de desaparecidos que ni siquiera un sepelio alcanzaron, simplemente fueron incinerados y tirados como basura por sus ejecutores. En un país democrático, el liderazgo no solo se ejerce mediante políticas públicas; también se expresa en gestos que muestran con claridad de qué lado está la legitimidad moral del poder.

Haber dejado crecer al crimen, y hasta aliarse con él, tiene graves consecuencias que ya padecemos al vivir en una sociedad que endiosa al criminal, consume su música y su lenguaje, copia su estilo de vida y, finalmente, se convierte en un referente cultural, como lo que está pasando en nuestro país y su clase política. Cuando los capos dejan de ser vistos exclusivamente como criminales y comienzan a ocupar un espacio ambiguo en el imaginario social: figuras temidas, pero también admiradas. Cuando el Estado, es decir, el gobierno y sus funcionarios permiten que el crimen organizado exhiba públicamente su poder simbólico, esa cultura deja de ser un fenómeno marginal y empieza a adquirir legitimidad.

Los datos son contundentes. El país atraviesa uno de los periodos más violentos de su historia contemporánea, con cifras acumuladas de homicidios, desapariciones y víctimas de Covid que superan el millón de vidas perdidas en los últimos siete años. No se trata de una percepción: son números registrados por las propias estadísticas oficiales.

Con esto en mente, permitir que el sepelio de un desalmado criminal se convierta en espectáculo público es concederle al crimen algo más que poder económico y criminal, es otorgarle prestigio simbólico.

¿Dónde están las capacidades del Estado para investigar el origen del dinero para tan ostentoso funeral? La demostración de riqueza la vimos todos, entonces, ¿Dónde están las instituciones del Estado que vigilan y sancionan el lavado de dinero y la estructura financiera de estos grupos criminales? Muchos pensamos que se debe a la complicidad de la clase política con la clase criminal.

Las preguntas importan. Porque cuando la gente percibe que los criminales pueden exhibir su poder sin consecuencias visibles, el mensaje que se transmite es que la ley es selectiva. Pero quizá el riesgo más profundo es cultural. En un país donde miles de familias no pueden siquiera costear un ataúd digno para sus muertos, la ostentación funeraria de un capo se convierte en una narrativa peligrosa: la idea de que el crimen no solo es rentable, sino también glorioso.

Quien controla la narrativa controla a la gente. Si esa narrativa se normaliza, México enfrenta un problema que va más allá de la seguridad pública. Se trataría de una crisis moral y cultural: una sociedad donde el crimen deja de ser vergonzoso y comienza a ser aspiracional.

Si permitimos que los criminales y los políticos cómplices de ellos se salgan con la suya el daño será muy difícil de reparar porque el problema ya no solo serán los grupos delictivos, sino también el imaginario colectivo del país, que hoy a grito pelado canta los narco corridos.

Cuando queramos que la gente distinga entre el bien y el mal, no olvidemos quién les ofreció abrazos a cambio de su apoyo.

nestoryuri@yahoo.com

 

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