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 Ernesto LUMBRERAS*

I

GUADALAJARA, JAL.- A finales de enero fui a consultar el Fondo Rivas Sáinz de la Biblioteca Juan José Arreola, enterado de que el escritor jalisciense —uno de los decanos por mucho tiempo de la facultad de Letras de la Universidad de Guadalajara— fue uno de los primeros comentaristas del poeta chiapaneco. Al poco de recibir el ejemplar de Horal —por supuesto firmado y con las señas postales de Sabines—, el crítico escribió una minuciosa reseña que publicaría en la revista Xallixtlico número 2 correspondiente a diciembre de 1950.

Supongo que el libro le llegó por recomendación de Jesús Arellano, compañero del autor de Tarumba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, poeta y editor jalisciense al que debemos una revisión de su trabajo. Conociendo el inveterado anti intelectualismo sabiniano, posiblemente el artículo —trazado con rigor metedológico y densidad académica— no fue de su completo agrado no obstante que la lectura de Arturo Rivas Sáinz destacaba una aventura lírica mayor. Pero también subrayaba una de las obsesiones del nacido en la capital de Chiapas hace 100 años: el devenir angustioso del tiempo, cruel para la brevedad de la pasión amorosa y terrible para la carcoma del tedio en el corazón de los mortales.

Por otra parte, me sorprendió la calidad de la edición de Horal, publicado por el Departamento de Prenda y Turismo en Tuxtla Gutiérrez. El papel de los forros “Marquilla” y el de interiores “Malinche”, la caja y su tipografía, el equilibrio de imagen y texto de la portada, revelan a un editor que conoce el arte de su oficio. La viñeta de Humberto Maldonado, una suerte de ángel maltrecho descendiendo del pedestal, me recordó a los dibujos de la serie La verdad de José Clemente Orozco, una propuesta expresionista a partir de un dibujo intuitivo como indómito.

II

Después abandonar sus estudios de medicina, con la venia del mayor Sabines y de doña Luz, el joven poeta regresa a la Ciudad de México en 1949 para inscribirse en la carrera de Lengua y Literatura Castellana. En esta revancha que le da la vida, no llega tan desamparado económicamente como la ocasión anterior porque el gobernador de Chiapas, el general Francisco J. Grajales -a quien dedicará Tarumba en 1956- le ha asignado una beca de 300 pesos mensuales.

Al poco de instalarse en su cuarto de estudiante, en la calle Cuba 43 interior 8, se compra una libreta donde comenzará a escribir los poemas de su primer libro y otros muchos que descartará al menos para su debut lírico. Sobre este documento importante de la poesía mexicana, Eduardo Langagne cuenta en “Carta a Jaime Sabines”, texto compilado en La poesía en el corazón del hombre (1987), la siguiente historia:

Luego de una de esas noches que tanto se parecen a la vida real, alguien recibió de usted un cuaderno, un manuscrito que llegó a nuestras manos (en el plural está Ricardo Yáñez). Era un viejo cuaderno (tiene usted razón, Sabines: viejos los cerros) de esos alargados, de forma francesa. La pasta era vieja nuevamente y aun durísima, la guarda tenía un dibujo de su propia mano: un hombre recostado, boca arriba, visto desde el desnudo pecho hacia los pies, con un pantaloncillo abierto en la bragueta y sólo cubriendo el origen, los muslos descubiertos, como un Cristo a punto de ser clavado en la cruz.

No recuerdo los meses indicados en el lado izquierdo superior de la primera página, pero sí el año: 1949. A un lado estaba el nombre del dueño del cuaderno: Jaime Sabines.

Las páginas adentro comenzaban a producirnos una profunda sensación vital, de su puño y letra se leía:

El mar se mide por olas

el cielo por alas

nosotros por lágrimas.

 

*De la inminente catástrofe. Seis pintores mexicanos y un fotógrafo de Colombia de Ernesto Lumbreras, edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México publicada en este 2021.Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. lumbrerasba@yahoo.es

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