Karla MARTINEZ DE AGUILAR
CDMX.-El deporte de alto rendimiento es un territorio donde nacen los sueños más grandes, pero también donde se libran batallas invisibles. Detrás de cada salto perfecto, de cada aplauso, de cada medalla, existe una historia que el público rara vez conoce. Una historia hecha de sacrificio, disciplina y, en ocasiones, de heridas profundas que no siempre se ven desde las gradas.
Azul Almazán creció con la determinación de alcanzar la cima del deporte mundial. Desde niña, su vida estuvo marcada por la exigencia, por el compromiso y por la fe en que el esfuerzo podía llevarla a los Juegos Olímpicos, pero el camino hacia ese sueño no solo le enseñó la grandeza del deporte, también la enfrentó con una realidad dolorosa que durante años permaneció en silencio.
Hoy, Azul habla desde la reconstrucción, desde la fuerza que nace cuando una persona decide recuperarse a ella misma y as su voz. Su historia no es únicamente la de una atleta, sino la de una mujer que transformó el dolor en propósito y que hoy lucha para que ninguna niña, ningún niño, tenga que atravesar el mismo infierno en silencio.

Azul, leí que practicaste muchos deportes antes de llegar a los clavados. ¿Qué fue lo que te enamoró de este deporte?
La verdad es que yo no sabía que existían los clavados. Yo era gimnasta desde los seis años, y mi mundo era el gimnasio, el piso, las barras, la disciplina de ese entorno. Cuando me invitaron a los clavados, tenía once años y ni siquiera sabía nadar. Recuerdo que mi prima me dijo simplemente: “Acompáñame”, y fui con mi leotardo puesto, pensando que sería algo parecido a lo que ya conocía.
Cuando llegué y vi la alberca, el agua profunda, las plataformas elevadas, los trampolines, sentí una mezcla de sorpresa, miedo y fascinación. Era como descubrir un universo completamente nuevo. Yo no entendía nada, pero algo dentro de mí se encendió. Sin embargo, lo que realmente cambió todo fue mi entrenadora, Norma Baraldi Briseño; ella no solo era una entrenadora, era una mujer olímpica junto con su hermana Bertha Baraldi su esposo Max Aguilar, ex alumna Macarena Alexanderson; era una mujer que representaba todo lo que yo apenas empezaba a imaginar.
Recuerdo perfectamente cuando me miró y me dijo que podía llegar a Juegos Olímpicos, que tenía lo que se necesitaba para llegar a ellos. Esa frase fue como si alguien me hubiera entregado un destino y por primera vez en mi vida sentí que tenía un propósito claro, un camino que valía la pena recorrer.
Yo era una niña, pero en ese momento mi corazón entendió algo que mi mente todavía no dimensionaba: que mi vida podía ser extraordinaria si tenía el valor de seguir ese camino.

¿Cuántos años de preparación te tomó llegar a unos Juegos Olímpicos?
Me tomó doce años de entrega absoluta, de construir un sueño día tras día, sin pausas, sin atajos. Al principio, como cualquier niña, entrenaba con ilusión, con curiosidad, pero conforme fui creciendo y entrando en el entrenamiento de alto rendimiento, todo cambió; dejó de ser solo una actividad y se convirtió en el centro de mi vida.
En el ciclo olímpico, los últimos cuatro años, entrenaba diez horas diarias que significan que tu vida entera gira alrededor de un solo objetivo.
Enfrentas muchos obstáculos cuando pasas de practicar un deporte por diversión, recreación, a realizarlo de manera competitiva y después, a hacerlo de alto rendimiento. Ello significa renunciar a muchas cosas que otros jóvenes viven de manera natural: no hay fines de semana libres, no hay vacaciones reales, no hay espacio para distraerte con la familia y amigos. Tu cuerpo, tu mente y tu espíritu están completamente dedicados a un propósito.
El alto rendimiento te coloca en un estado de vulnerabilidad constante: estás siempre en el límite, empujando tu cuerpo más allá de lo que parece posible. Cualquier error, cualquier sobrecarga, cualquier momento de debilidad, puede romperte y no solo físicamente porque tienes un riesgo mayor a lesionarse por esa pérdida tan rápida de condición, sino también emocionalmente porque si fallas en algún aspecto de la planeación echa, ya no llegarás a los objetivos. Por eso siempre digo que el alto rendimiento no es para todos.
No basta con el talento, no basta con el deseo de los padres o de los entrenadores; tiene que ser un fuego interno, tiene que ser algo que nazca desde lo más profundo del atleta porque si no nace desde ahí, el sistema te destruye.
Un atleta obligado a hacer deporte de al alto rendimiento se va a quebrar en un segundo o en el momento que tenga decisión propia va a abandonar no nada más la actividad, sino todo lo que tenga que ver con actividad física.

¿Qué te dio la fuerza para denunciar el abuso que viviste por parte de tu entrenador?
Lo que viví fue un abuso en todos los niveles, pero el más devastador fue el emocional y el psicológico porque ese tipo de abuso no deja marcas visibles, pero destruye tu identidad desde adentro.
Un entrenador tiene un poder absoluto sobre ti. Es la persona que te guía, que te valida, que te dice quién eres. Puede elevarte hasta hacerte sentir invencible, pero también puede destruirte completamente y cuando eres joven, cuando tu identidad todavía se está formando, ese poder es aún más peligroso.
Durante años viví en ese sistema. Durante años intenté hablar, intenté resistirme, pero todo a mí alrededor me empujaba al silencio; me hacían sentir que debía aguantar, que era parte del proceso, que era el precio de la grandeza.
Lo que me dio la fuerza para denunciar fue sentirme completamente rota cuando regresé a casa después de los Juegos Olímpicos; fue una sensación de seguridad por sentirme a salvo con mi familia, pero a la vez, destruida.
Mi familia comenzó a notar que ya no era la misma persona; estaba apagada, en silencio, desconectada del mundo y sin ir a entrenar; hubo muchos comentarios negativos sobre ello en los medios de comunicación entre los que destacan que mi entrenador me acusó de mentir y él sí hizo eso hablando mal sobre mi familia, sobre mí.
El primer paso fue hablar con mis padres y fue el paso más difícil porque decirlo en voz alta lo hacía real, pero cuando lo dije, cuando sentí su amor, su apoyo, su protección, algo dentro de mí cambió. Por primera vez sentí que no estaba sola y levanté la voz a los cuatro vientos haciendo esa carta de siete páginas.
La fuerza del amor de mi familia fue lo que me permitió denunciar.

¿Cómo comenzaste a reconstruirte después de todo lo vivido?
Fue un proceso largo, muy largo porque en ese momento no existían las herramientas que existen hoy; no había información, no había espacios seguros, no había conversación sobre estos temas e, incluso, era tabú. El silencio era la norma.
Me fui a Estados Unidos porque necesitaba distancia, necesitaba respirar, necesitaba reconstruirme lejos del lugar donde había sido destruida.
Comencé a estudiar, a entender lo que me había pasado, a entender que no había sido mí culpa, a entender que mi vulnerabilidad no era una debilidad, sino una condición humana. Nunca he dejado de estudiar y de prepararme para conseguir justamente estas herramientas para asimilar lo que me había pasado y tratar de resolver esta situación.
Descubrí la importancia de la gestión emocional, de aprender a entender tus emociones, a regularlas, a proteger tu mente y tu corazón. Ahora, tengo mi asociación que se llama Respeto 360 dedicada a la prevención de conductas inadecuadas, así como al fortalecimiento y cuidado de la salud mental y de entornos sanos y seguros en la sociedad y en el deporte. Ya llevo más de 25 años tocando estos temas.
Cuando empiezas a enseñarles a las personas sobre herramientas de gestión, de autogestión, de autorregulación, los posibles victimarios ya no pueden cruzar esos límites porque en varias investigaciones que hemos realizado, nos dimos cuenta que un porcentaje muy alto de ellos ni siquiera sabía que estaba haciendo daño porque así fueron educados y así es su cultura, porque así entienden ellos el deporte y el trato.
Insisto, se tiene que educar al atleta y a su entrenador a gestionar sus emociones para que no lo reflejen en el otro el dolor, los traumas y las heridas que tienen además de aprender a utilizar a tu favor la vulnerabilidad a la que te expone el deporte para que no te rompa.
Lograr que tu cabeza esté centrada y saber gestionar tus emociones te dan la base para no caer en lo que yo caí, pero si ya te encuentras en la misma situación que yo viví, uno debe entender que no siempre va a haber justicia porque el sistema es muy complejo en México y por lo tanto, no debes reconstruirte con base a ello, sino enfocarte en reconstruirte para salir adelante.
Yo poco a poco fui reconstruyendo los pedazos de mí misma. No fue inmediato, no fue fácil, pero fue posible.

¿Cómo lograste reconciliarte con el deporte después de esa experiencia?
Hubo un momento en que pensé que nunca volvería porque el dolor era demasiado grande, pero el deporte había sido mi vida, mi pasión. Con el tiempo entendí que el deporte no era el responsable, que lo que había fallado eran las personas, no el deporte en sí.
El deporte es algo hermoso. Es una expresión de lo mejor que el ser humano puede ser, es disciplina, es crecimiento, es superación.
Aprendí que podía regresar desde un lugar diferente. Desde la fuerza, no desde el miedo.
Aprendí que podía volver a amar lo que había amado siempre y no permití que me arrebataran ello a pesar de mi historia.

Contar tu historia a través de la película La Caída, fue el cierre de este capítulo y la continuación del proceso de concientizar y sensibilizar a atletas y entrenadores
Sí, cuando yo regresé a México y al deporte, lo hice de manera muy gradual. Inicié otra vez como entrenadora de gimnasia, lo más alejado que podía de los clavados.
Desde que pisé México, tuve contacto con Ana Laura Rascón, quien fue la productora de la película y después con Karla Souza, quien fue la que me habló para comentarme que tenía un proyecto para mí después de haber leído mi carta; quería hacer una película sobre ello.
Al principio le dije que no porque era muy doloroso y después de la experiencia negativa que tuve al lanzar la carta no veía la necesidad de hacerlo más grande, pero afortunadamente ella me convenció. Me explicó la importancia de ello y me explicó que todo lo que se lee tiene un impacto distinto porque depende del humor con que lo leas, la prisa, el lugar, etcétera, pero cuando tú lo ves en la pantalla, te llega el personaje directo a las emociones y te despierta algo diferente.
Me dijo que era una oportunidad que teníamos de concientizar a las personas, de hacerlas sentir un poquito de lo que yo sentí y eso podría abrirnos puertas para poder hacer cambios más drásticos.
El impacto fue muy positivo y pudimos continuar con nuestra labor de seguir informando.
¿Qué cosas positivas surgieron a partir de esta película?
De entrada, que Karla Souza fue nombrada como Embajadora de Buena Voluntad de ONU Mujeres México en noviembre de 2024, por su activismo en defensa de los derechos de las mujeres y niñas.
A mí me permitió abrir mi asociación Respeto 360; ganarme la confianza de directivos y personas en puestos de liderazgo dentro del deporte que me han permitido implementar las enseñanzas que tengo para ir cambiando la mentalidad y la cultura deportiva en cuanto a la prevención y el entorno sano y seguro; y entrar a ámbitos como el académico, el militar y empresarial para colaborar en la elaboración de sus protocolos, en sus reglamentos y en sus capacitaciones.

¿Quién es Azul Almazán hoy?
Hoy soy una mujer fuerte, muy afortunada, muy empoderada, hambrienta de conocimientos que siempre busca cosas nuevas que aprender y estrategias para mejorar toda la vivencia. Soy una mujer que ha atravesado la oscuridad y ha regresado a la luz.
Soy una mujer que ha aprendido que la vida no se trata de evitar las caídas, sino de aprender a levantarse.
Me siento agradecida, e siento viva, me siento con propósito que amanece contenta y con ideas que busca aplicar. Todos los días despierto con la convicción que mi historia puede ayudar a alguien más, que mi voz puede ser el inicio del silencio roto de otra persona y eso le da sentido a todo.
¿Eres una mujer de fe? ¿Crees en algo superior?
¡Por supuesto! Yo creo que nosotros somos energía, somos fenómenos más allá de lo entendible y yo vivo con esa fe que yo estoy haciendo las cosas que tengo que hacer.
Sigo las señales que me manda el universo y trato de hacer todo con completa entrega y confianza. Siempre confío en que lo que hago con entrega siempre es para bien, aunque salga mal, y si es así, es por un aprendizaje y por un objetivo mayor. Sí, soy una mujer de fe.
Tres influencias en tu vida que te hayan marcado en lo personal, en el deporte y en este camino de re encontrarte contigo
En primer lugar, mi familia, en especial mis hermanos que han sido siempre como mi gemelo, mi gurú, y siempre que estoy en problemas o atorada con algo, siempre me pregunto qué haría él.
En segundo, mis padres, a quienes los llevo bien adentro de mí. En tercero, mi entrenadora Norma y Joana Figueiredo por ambas han sido las impulsoras de mi fuerza a través de su positivismo, su entrega, su calidad y su exigencia. Y por último, pero no menos importante, mi pareja que siempre me impulsa, me motiva a no soltar, a no abandonar, a seguir; soy creyente que tu pareja es un espejo que te hace ver cosas que tienes qué solucionar, arreglar y enfrentar, y él me ayuda a ello.









