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 Angélica CRISTIANI*

Escribo esta columna para la Revista mujeres Shaíque desde el rincón donde se esconden las palabras cuando tienen miedo. Desde la rendija entre el pensamiento y la garganta. Desde ese lugar cotidiano, donde me tiemblan los dedos antes de decir lo que siento: que no puedo con todo, que a veces no quiero, y que quizá —solo quizá— esa renuncia no es fracaso, sino una forma de resistencia.

Figura 1. Escribir lo que siento y pienso

Esta vez vengo desde lo más ordinario. Desde los días en que me duele el cuerpo por razones que no sé nombrar. Desde el nudo en la espalda que no se deshace con yoga, ni con mantras, ni con journaling en tinta dorada. Desde las náuseas que provoca el dolor que produce mi óvulo desgarrando las paredes de mi útero. Desde ahí escribo. Desde donde la exigencia es una bruma espesa y el mundo parece pedirnos que seamos sabias, resilientes, bellas, deconstruidas, funcionales y luminosas… todo al mismo tiempo. Y con buena cara.

Figura 2. Ser y estar

Vivimos en una época que ha hecho de la mejora continua una doctrina. Ya no basta con sobrevivir: hay que sanar el linaje materno, desprogramar los traumas del inconsciente colectivo, leer sobre el poliamor ético, practicar la alimentación consciente, trabajar en nuestros límites, detectar nuestros patrones, ser inclusivas, responsables, afectivas, críticas y encantadoras.

Y si no puedes, la culpa se disfraza de autoconciencia: algo no estás haciendo bien. “No estás suficientemente despierta, ni suficientemente fuerte, ni suficientemente libre.”

La vida cotidiana se ha vuelto una montaña rusa emocional atravesada por discursos terapéuticos, políticas de identidad, presión neoliberal y algoritmos que lo devoran todo. En este paisaje saturado, a veces me detengo y me pregunto:

¿Y si no puedo con todo? ¿Y si no quiero poder con todo?

Porque no todas empezamos desde el mismo punto en la carrera hacia la iluminación personal.

Porque no todas podemos pagar terapia, ni comer almendras orgánicas.

Porque a veces la ansiedad no es un monstruo interno, sino el eco de un sistema que nos exprime.

Figura 3. Productora de sueños y aventuras

Porque hay maternidades solas, cuerpos racializados, trabajos precarios, geografías que nunca salen en las portadas de los libros feministas de moda.

Los discursos de la “conciencia” y la “salud emocional” muchas veces se tornan privilegios maquillados de ética. Cuando no se reconocen los contextos materiales y simbólicos que condicionan a las personas, el discurso de la mejora continua se convierte en una forma de violencia disfrazada de progreso.

Y en ese terreno, muchas de nosotras nos sentimos insuficientes, rotas, rezagadas. Cuando en realidad, estamos sobreviviendo. Y eso ya es bastante.

Y ahí, entre esas rendijas del discurso hegemónico del autocuidado ilustrado, se cuelan las voces que no tienen tiempo para meditar. Las que no entienden por qué tienen que saber su tipo de apego si lo que les urge es llenar el tanque de gas. Las que no pueden deconstruirse mientras sostienen tres empleos.

Ahí también estamos nosotras.

Figura 4. Rebelde-Radical-Resistente 

Creo que lavarse los dientes tres veces al día puede ser una acción revolucionaria. Observar una planta, una victoria. Decir “hoy no quiero pensar en mis traumas”. Apagar la cámara en una reunión. No tener nada interesante que publicar. Estar aburrida. Estar cansada. Estar.

Porque en una época que romantiza la productividad emocional, hacer lo ordinario es extraordinario. Y no hablo de romantizar el abandono, ni de evadir la responsabilidad. Hablo de entender que la pausa, el límite, el error, la duda, el silencio y hasta la contradicción son partes legítimas de estar vivas.

Creo que hacer lo ordinario con ternura es una forma de poesía contra el mandato de ser extraordinarias.

Tender la cama puede ser un gesto político.

Apagar el celular, un acto de desobediencia.

No responder un mensaje, una frontera sagrada.

Sentarse a ver la lluvia sin aprender nada.

Nombrar el cansancio sin culpa.

Hoy quiero hablar de eso: del derecho a estar cansadas sin justificarlo, sin romantizarlo, sin disfrazarlo de transformación. Sólo estar. Respirar. No rendir cuentas.

Figura 5. Entre la duda y la contradicción

¿Y si ser suficientes no implica hacer más, sino soltar más?

¿Y si el amor propio no es una meta, sino un refugio?

¿Y si podemos equivocarnos y aun así merecer ternura?

¿Y si fallar no es traicionarse, sino escucharse?

En un mundo que nos empuja a ser marcas personales, influencers de nuestro propio bienestar, gurús de la conciencia expandida…

Yo elijo escribir desde la sombra.

Desde la duda.

Desde la contradicción.

Desde ropa limpia sin doblar, con mi casa que no es aesthetic, con la taza agrietada que todavía sirve. Porque ahí, justo ahí, también late la historia. También se gesta la revuelta.

Hoy sólo quiero decir que hay días en que vivir es suficiente.

Y que sobrevivir, juntas, sin máscaras ni misiones épicas, puede ser también una forma de revolución.

*Comunicóloga en eterna formación, egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana. Con una mirada crítica y un estilo agudo, dirige la redacción del medio Bitácoras Políticas, donde ha consolidado una propuesta periodística ética, clara y con vocación de servicio público. Es autora de la columna La Lengua de Tácita Muta, en la que combina análisis social, lirismo y sátira, y se desempeña también como productora en Televisión Veracruzana, desde donde articula contenidos con sentido informativo y cultural. Su trabajo se distingue por el compromiso con la palabra y la defensa de la libertad de expresión.

 

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