El Director General de la OMS, ha dicho: “El consumo de sustancias daña gravemente la salud, aumenta el riesgo de padecer enfermedades crónicas y trastornos mentales, y provoca cada año millones de muertes que se podrían evitar. Es una tragedia para las familias y las sociedades y aumenta la probabilidad que se produzcan accidentes, traumatismos y actos de violencia”.
OMS, 2019.
HISTORIAL
Recuerdo que desde niña me invadían los miedos: a ir a la escuela, a estar en la calle o en alguna actividad que no estuviera con mis papás. Y conforme iba creciendo estos empeoraban, porque las responsabilidades aumentaban.
En la secundaria mis papás me cuidaban demasiado. Mi mamá me hacía de comer y lavaba mi ropa, y papá siempre me consentía. Si dejaba mis cosas regadas por la casa o mi cuarto estaba desordenado, pocas veces me llamaron la atención. Nunca me gustó hacerme responsable de las cosas de la escuela o de mi persona.
Cuando me tocó elegir una carrera sentía pánico a no quedar en la escuela de mi preferencia, y era tanto el miedo que sentía que no pude ver lo de mi escuela, por el contario, me encerré en mi cuarto, dejé de comer, de bañarme, de salir y de convivir.
Mis padres se preocuparon e intentaron apoyarme, comencé con clases virtuales pero debido al tiempo que pasé encerrada reprobé dos materias. Entonces le pedí a mi papá que me apoyara y pagara una escuela particular porque me avergonzaba volver a empezar. Con mucha dificultad terminé el primer semestre y empecé a trabajar en un mercado para no seguir estudiando. Mis padres querían que continuara mis estudios, pero yo lo único que sentía era miedo de no elegir una carrera que me gustara. Así que decidí ya no estudiar.
Al poco tiempo, una noticia familiar me causó tanto miedo que empecé a salir con amigos que ingerían sustancias nocivas; al estar con ellos me sentía atraída por lo que comentaban y las probé. Desde ese momento, cada vez que sentía miedo o ansiedad las consumía. Dejé de comer para prolongar el efecto. La mayoría del tiempo sentía que mis pensamientos me asfixiaban y no me dejaban ser feliz. Cada vez eran más grandes mis miedos e inseguridades, y los problemas que surgían en mi vida cotidiana se veían imposibles de resolver.
Sin darme cuenta, el consumo pasó a ser de todos los días. No me percaté de que padecía una adicción. Si alguna ocasión el dinero era insuficiente para comprar esas sustancias, el día era miserable para mí y discutía con mis papás. Para evitar esos altercados me la pasaba en las calles a altas horas de la noche, ya no comía, tampoco me bañaba; dejé de controlar mi vida, mis emociones y mis amistades.
Hasta que llegué a la Casa Hogar del Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos, descubrí que no era la única persona que padecía de estos síntomas. Al permanecer en una terapia intensiva dejé de drogarme. Ahora puedo hacer cosas tan básicas
como bañarme diariamente, comer tres veces al día y dormir tranquilamente. Aquí me regalaron una nueva forma de vivir.
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