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Abuso digital, urgencia que debe ser atendida

Lizbeth Bravo

En apenas unos años, la tecnología que prometía ampliar nuestras capacidades creativas (la inteligencia artificial generativa) ha abierto una de las puertas más insidiosas al abuso digital: la pornografía deepfake. Este término técnico, que describe videos o imágenes manipuladas por IA para mostrar a personas en contextos sexuales sin su consentimiento. Es una realidad profundamente misógina y estructuralmente dañina para todas las mujeres que usamos internet.

Los datos no son menores: los informes más recientes señalan que alrededor del 98 % de todos los deepfakes en línea son pornográficos y que el 99 % de las personas representadas en ese material sin consentimiento son mujeres. Estos porcentajes no provienen de opiniones o sensaciones, sino de análisis sistemáticos del ecosistema digital, como el State of Deepfakes 2023, que han documentado miles de videos y una explosión de contenido en los últimos años.

Este fenómeno no es accidentado ni marginal; tiene una lógica precisa: la tecnología sexualizada se está orientando hacia los cuerpos de mujeres sin su permiso, porque existe un mercado que lo demanda y servicios que lo proveen con sorprendente facilidad. Para crear un video deepfake pornográfico convincente de 60 segundos hoy, basta con una imagen nítida del rostro de la víctima y unos minutos con una herramienta de IA accesible gratuitamente.

¿Quién paga el precio? Las mujeres que usan internet como espacio social, profesional, afectivo. No existe un filtro de distinción: niñas, jóvenes, activistas, periodistas, políticas y figuras públicas han sido apuntadas por esta violencia digital. El informe de la ONU sobre desarrollo digital apunta que estas prácticas han llevado a víctimas a experimentar aislamiento social, pérdida de confianza y pensamientos suicidas, efectos que trascienden el mundo virtual para penetrar en el cuerpo viviente de la persona afectada.

La pornografía deepfake no es solo una invasión de la privacidad: es un instrumento de violencia de género. No hay consentimiento, no hay contexto, no hay reciprocidad. Es la representación fantasmal de un cuerpo femenino diseñado para consumo y humillación, donde la víctima no tiene control sobre su propia imagen.

Las consecuencias para las mujeres son concretas y duraderas: reputaciones dañadas, carreras comprometidas, relaciones personales trastocadas y salud mental fracturada. Muchas no denuncian por miedo, vergüenza o desconfianza en sistemas legales que aún no están preparados para abordar estas formas emergentes de abuso.

No hay todavía mecanismos robustos para prevenir la producción y disuasión del uso de herramientas que generen este tipo de contenido. En este choque entre avances tecnológicos y derechos humanos, lo que está en juego no es solo la integridad de imágenes digitales, sino la dignidad de las mujeres como habitantes plenas del espacio público digital. Exigir rendición de cuentas, educación tecnológica con perspectiva de género y marcos normativos que consideren estas herramientas como lo que son, armas de abuso sexual digital, es una urgencia que ya no puede limitarse a debates académicos o tecnocráticos.

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