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Alexandra MARTINEZ DE AGUILAR*

Conforme transcurren los años, me convenzo cada vez más que los triunfos -como la vida misma- merecen celebrarse, y que las derrotas, por más complejas que se presenten, también nos invitan a mirar desde un lado positivo para poder crecer.

Ser una empresa familiar ha significado, ante todo, aprender a separar los afectos con la disciplina y el profesionalismo, y la historia personal con la visión compartida de entregar un producto impreso, digital y visual para ofrecer una comunicación integral a nuestros clientes y lectores. Aquí, cada decisión lleva implícita una conversación que muchas veces terminó en la hora de la cena en casa.

A su vez, cada logro se celebra con la cercanía de quienes han estado desde el inicio y cada reto se enfrenta con una resiliencia que nace del vínculo que nos une al ser familia. No es solo un proyecto editorial, es una extensión de quienes somos, de nuestros valores y de la forma en la que entendemos el trabajo y la vida, y de nuestras historias entrelazadas para hacerla solo una.

En este camino, lo familiar también se ha convertido en una manera de hacer comunidad. Lo que comenzó como un esfuerzo entre nosotros, ha ido abriendo espacio para que más personas se sientan parte, para que colaboradores, lectores y aliados encuentren aquí un lugar propio. Así, la Revista mujeres Shaíque ha crecido no solo en páginas, sino se ha convertido en un hogar que se expande, que abraza nuevas voces y que sigue construyéndose desde la cercanía, la confianza y el compromiso compartido.

Este camino no se puede entender sin quienes, desde distintos frentes, hacen posible que cada edición cobre vida. Desde el compromiso y la excelencia de Productos Gráficos El Castor, bajo el liderazgo de Faustino García y su equipo -quienes nos acompañan con generosidad y profesionalismo para ofrecer la mejor calidad-, hasta la dedicación de cada integrante que, muchas veces desde fuera de los reflectores, sostiene esta labor: el equipo contable, la diseñadora, la repartidora y, por supuesto, el corazón de esta revista: mi hermana Karla Irina, Directora Editorial; mi madre, Josefina; y mi padre, Alfredo, Director General.

Además, hemos podido contar historias a través de la pluma de personas que han confiado en nuestro quehacer periodístico compartiéndonos fragmentos de vida, memorias y perspectivas que enriquecen cada página.

A todos ellos se suman mis amigos que han estado presentes de diversas formas; nuestros clientes, tanto leales como nuevos; las personas que he conocido en este camino; quienes reciben la edición en sus hogares y negocios; a quienes, desde distintas instancias de gobierno, han facilitado que cumplamos con los estándares necesarios para seguir adelante; a nuestras mascotas Moesha, Tito, Coyote, Kiwi y Kahlúa que han estado con nosotros en las noches largas; y a quienes que ha decidido darse la oportunidad de conocer lo que hacemos.

Desde aquel 22 de abril de 2002, cada edición ha sido un testimonio del tiempo y de las personas que le dan sentido. Por eso, este agradecimiento no es solo una pausa para reconocer lo recorrido, sino también un compromiso renovado con los años por venir: seguir contando historias con honestidad, sensibilidad y con la firme intención que cada palabra continúe encontrando eco en quienes hacen de esta revista un espacio vivo, cercano y profundamente humano, que crece junto con quienes forman parte de el.

¡Nada de esto existiría sin ustedes! ¡Gracia de corazón!

 

*Lic. en Ciencias Políticas interesada en aprender de todo y de todos continuamente.

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