GUADALUPE: CUANDO LAS MUJERES CUIDAN EL SÍMBOLO
Por Mariana Navarro
GUADALAJARA, Jalisco. – Cada 12 de diciembre, la Virgen de Guadalupe vuelve a caminar.
No solo en peregrinaciones visibles, sino en las manos que preparan, en los cuerpos que sostienen, en las voces que cantan bajito mientras el mundo aún duerme.
Guadalupe camina, sobre todo, en las mujeres.
En Jalisco, en Oaxaca y en muchos otros territorios de México, son ellas quienes mantienen viva la devoción cotidiana: las que encienden la primera vela, las que limpian el altar, las que explican a los niños quién es “la Virgencita”, las que heredan el gesto sin convertirlo en obligación.
No es solo fe.
Es cuidado cultural.
EL CUERPO QUE CAMINA, LA MANO QUE PREPARA
En Jalisco, el Día Guadalupano ocupa calles, colonias, barrios enteros.
Pero si se mira con atención, hay una coreografía silenciosa que sostiene todo: mujeres organizando, acompañando, esperando.
La fe se expresa en el cuerpo:
en los pies cansados,
en la espalda que carga,
en el paso lento que no abandona.
Guadalupe, aquí, es símbolo de acompañamiento.
Una Madre que no exige heroicidades, sino constancia.
OAXACA: CUANDO LA VIRGEN TIENE TERRITORIO
En Oaxaca, la relación con la Virgen de Guadalupe adquiere otra profundidad.
No es solo imagen: es territorio, es comunidad, es lenguaje propio.
Las mujeres oaxaqueñas no solo veneran a la Virgen: la integran a su mundo.
La visten con textiles locales, la rodean de flores, la incorporan a rituales donde lo religioso dialoga con lo ancestral.
Guadalupe, en Oaxaca, no borra identidades.
Las habita.
Ahí, la fe se entrelaza con la tierra, con el maíz, con la fiesta comunitaria, con la cocina, con el telar.
La Virgen no está separada de la vida diaria: es parte de ella.
UNA MADRE QUE NO DIVIDE
Tanto en Jalisco como en Oaxaca, Guadalupe comparte una cualidad esencial:
no divide a las mujeres, las reúne.
No importa si la devoción es profunda o discreta.
No importa si se nombra como fe, tradición o costumbre.
Guadalupe funciona como un símbolo que permite el encuentro sin exigir uniformidad.
En un mundo que constantemente pide definiciones rígidas, la Virgen ofrece otra cosa:
un espacio donde caben muchas formas de creer, de cuidar y de resistir.
TRANSMISIÓN FEMENINA: LA FE QUE SE HEREDA SIN IMPONERSE
Hay algo profundamente femenino en la forma en que Guadalupe se transmite:
no desde el discurso, sino desde el gesto.
Una madre que lleva a su hija al templo.
Una abuela que cuenta por qué esa imagen estuvo siempre ahí.
Una mujer que reza en silencio mientras trabaja.
La fe no se impone: se acompaña.
Y quizá por eso Guadalupe sigue viva.
Porque no se enseña como dogma, sino como presencia.
CUANDO EL SÍMBOLO TAMBIÉN CUIDA
Para muchas mujeres, Guadalupe no es solo algo que se venera.
Es algo que sostiene.
En momentos de duelo, de cansancio, de incertidumbre, la imagen funciona como refugio emocional.
No promete soluciones inmediatas, pero ofrece algo igual de valioso:
la certeza de no estar sola.
CONCLUYENDO
El Día Guadalupano no es solo una fecha religiosa.
Es un acto profundo de memoria femenina y comunitaria.
En Jalisco, la Virgen camina con la ciudad.
En Oaxaca, la Virgen se funde con la tierra.
En ambos territorios, son las mujeres quienes sostienen el símbolo, lo cuidan, lo reinterpretan y lo transmiten.
Guadalupe sigue viva porque no pertenece solo al altar.
Pertenece a las manos que la preparan,
a los cuerpos que la acompañan,
a las mujeres que, sin hacer ruido,
siguen cuidando aquello que les da sentido.
Guadalupe sigue viva
porque hay mujeres que la cuidan.
Y cuidar, en este país,
también es una forma de resistencia amorosa.








